Francisco Parra Rodríguez
Considero que todo hombre alguna vez en su vida ha de haberse preguntado acerca de su origen, del origen del mundo o del de la vida, o si se prefiere se ha planteado la consabida cuestión de ¿Quiénes somos? y ¿De dónde venimos?. Ignoro la respuesta individual que cada uno se haya dado, donde la ha buscado o si continúa en un mar de dudas, en mi caso y como a tan transcendente cuestión se han dedicado teólogos, filósofos y científicos, buceé en los farragosos mares del conocimiento tratando de buscar algo de luz con la que alumbrar mi completa oscuridad.
La preguntita se me ha hecho presente con mayor o menor intensidad en las diferentes etapas de mi vida: infancia, adolescencia, juventud, y en mi adulta edad, y el faro que oriento la mar de mis dudas lo fueron mis adultos en la infancia, a la religión durante el periodo de formación adolescente, las opiniones de los colegas en la juventud rebelde y la filosofía en mi edad madura, como ven muchas tentativas como para obtener respuesta certera a tan grave asunto. El caso es que este es mi bagaje y he de reconocer que es ligero para tan largo viaje. Por lo tanto antes de aventurarme en las fangosas aguas conviene mostrar equipaje con que vengo a cargar mi maleta; mi teología es la escuela católica sin mas, los conocimientos del mundo físico adquiridos en periodo escolar completados con obras de divulgación general sobre física, química, biología y antropología y la detenida lectura de lo que en mi ignorancia creo que son textos relevantes del pensamiento filosófico; la metafísica de Aristóteles, el discurso del método y meditaciones metafísicas de Descartes, la investigación sobre el entendimiento humando de Hume, los prolegómenos a toda la metafísica futura y la crítica a la razón pura de Kant, y aunque he de confesar que esta última no he logrado leerla en su totalidad no por ello ha sido el texto al que más tiempo y esfuerzo he dedicado. En fin pueden comprobar ustedes que apenas dispongo de equipo para sumergirme en tan oscuras aguas, pero me consuela el hecho de enfrentarme al problema existencial desprendido de prejuicios y bajo la óptica de mi propia existencia.
Quizás el mejor planteamiento a la transcendente cuestión la oí en labios de mi hija, y no se asusten porque aquello fue cuando apenas tenía 6 años, por aquel entonces sufría de horrorosas migrañas, y en el ínterin en el que el dolor cesa me soltó la siguiente pregunta ¿Papa, quien nos maneja?. ¿Quién nos maneja?, nuestra química, nuestra psique, quizas Dios, quien sabe. En esencia la pregunta tiene varias derivaciones que podemos sintetizar en tres; ¿nos maneja nuestra naturaleza?; ¿nos maneja un algo o alguien externo a nosotros?; ó ¿nos maneja nuestra razón?. Si reflexionamos sobre cada una de ellas llegaremos sin duda nuevas cuestiones, que irían extendiendo nuestra inquietud hasta abarcar una tal variedad de materias cuya adecuada respuesta exigiría de tal cantidad de conocimientos que adquirirlos de forma certera exceden del tiempo que la naturaleza reserva a cada alma humana. Habrá por tanto que hacer un esfuerzo para, en base a la experiencia vital que cada uno tiene, intentar alcanzar o no respuesta a la crucial cuestión.
Desprenderse del conocimiento adquirido no es fácil ya que somos fruto de nuestras circunstancias o lo que es lo mismo de nuestra formación, y aunque esta sea elemental si que contiene de las conclusiones generales del conocimiento físico, teológico o filosófico de la época en que nos ha tocado vivir, y que viene a ser la summa de los conocimientos acumulados por nuestra singular especie. En consecuencia, y aún consciente de mis limitaciones intelectuales, abordaré de forma sintética la cuestión en lo que a la vertiente física, teológica o filosófica encierra la duda existencial, siempre bajo mi particular punto de vista o si se prefiere mi experiencia que creo conforme al nivel cultural de estos tiempos modernos.
Ateniéndome, entonces, a los conocimientos que poseo de la física actual, diré que nos maneja la energía que condensada en un punto infinitesimal del espacio eclosiono en un big-bang dando lugar al universo conocido y a sus singulares concentraciones espacio temporales. Esta energía primigenia hace de nuestra química un mundo hueco vinculado por fuerzas de naturaleza electro-magnéticas y gravitatorias, o si se prefiere por una única fuerza que opera a escala microscópica o macroscópica. No se si he llegado a sintetizar el mundo físico actual con estos conocimientos torpemente adquiridos, pero las combinaciones de energía a que da lugar la explosión universal formando partículas que se conjuntan en átomos y en materia, es la que acaba produciendo el efecto de estas mis reflexiones, al igual que en su momento el dolor de cabeza de mi hija y su inquietud siguiente. Admitido pues un mundo en una expansión que habrá de detenerse o no en función de energía que agrupe, surge la duda del más allá del big-bang o del universo científicamente conocido a la que la ciencia por el momento no le ha encontrado respuesta, es por lo que habrá que adentrarse en las aguas teológica y filosófica para proseguir nuestra particular singladura.
Parece ser un hecho el que el universo físico sigue unas leyes determinadas, que la composición química del universo solo cabe en la tabla periódica de los elementos y mírese donde se mire se acaban observando tales elementos y en las proporciones que se deducen de la teoría de su génesis y su posterior evolución, aunque en su devenir el universo parece determinado, su primigenia indeterminación subsiste, y al igual que los escribas del antiguo Egipto trababan de dar una explicación al determinismo de la luz solar y a las periódicas inundaciones del valle del Nilo en su particular teología, se continua buscando la intervención divina a nuestro paso por la vida. En las principales doctrinas es consustancial a la respuesta científica la respuesta teológica o mitológica que las sucesivas generaciones humanas dan a la cuestión existencial, las leyes de la naturaleza vienen a ser la expresión de la ley de dios, y de ahí la naturaleza divina que estas reservan a la especie, que consecuentemente empareja con su capacidad de comprender la ley universal o la ley de dios . Creo que incluso siguiendo los principios de la termodinámica clásica habría de encontrarse una explicación a la cuestión de la inmortalidad o la transmigración del alma. Si energía somos, y en el universo la energía ni se crea ni se destruye, parece evidente que la infinitésima parte de nuestro ser no habrá de destruirse sino que fluirá a través de los tiempos en sucesivas transformaciones energéticas, y perdurara aún alcanzado su máxima expansión en perpetuo enfriamiento ó completa compresión. En consecuencia el planteamiento físico y teológico de la cuestión en su concomitancia me conducen a la misma situación: hacer del origen de la explosión universal y de su desenlace una cuestión de fe en la intervención de algún ser ajeno.
Queda pues la vertiente filosófica de la cuestión, ¿nos maneja nuestra razón? o planteada en otros términos ¿puede nuestra razón abordar la duda existencial?.
Por lo que se, el conocimiento tiene mucho que ver con la experiencia: observamos, extraemos relaciones y producimos un razonamiento. Formamos ideas o conceptos de los objetos que nos rodean, juicios en los que establecemos relaciones de causa y efecto entre los conceptos, y razonamientos que compilan nuestros juicios dando lugar a nuevas ideas, de forma que damos por válido un razonamiento cuando es experimentado, siendo refutado en caso contrario y si cabe reformulad0. El conjunto de razonamientos que unos u otros han ido experimentando a lo largo del tiempo forma el nivel de los conocimientos que atesora el género humano y que consecuentemente utiliza para transitar por el medio que le rodea. El conocimiento puede verse como un proceso de acumulación histórica que conocemos por ciencia y que permite mayores desarrollos a medida que el cúmulo de ideas experimentadas es mayor. En consecuencia cabe pensar que en algún momento la acumulación ciencia pueda dar una explicación convincente a la trascendente cuestión, y como participes es dicho juego habremos en mayor o menor medida de contribuir a ello.
Pero previo a la futura posibilidad de que nuestros razonamientos lleguen a dar respuesta la duda existencial, hay que abordar la cuestión de la certeza de nuestra manera de proceder. De la atenta lectura de los textos filosóficos estudiados siempre me llamó la atención la gran preocupación de los filósofos antiguos acerca de la posibilidad que un ser malévolo nublara nuestra mente y nuestros juicios estuvieran errados. Ajeno al trasfondo doctrinal de la cuestión, ya que viene a ser la misma cuestión la fe que depositemos en la existencia de un ser ajeno supremo hacedor como la un espíritu obcecado en confundirnos, dicha duda metódica acerca de la certeza de nuestros juicios alcanza su momento estelar en el momento en que Kant establece que nuestro mente está constreñida por la forma en que recibimos las relaciones espacio-temporales. Un objeto que no responde a nuestra voluntad es ajeno a nosotros, mediando entre ambos una distancia y un tiempo. Nuestra forma de conocer está subordinada a esta manera de percibir las relaciones espacio-temporales y nada podemos entender fuera de ella, de hecho nada impide que fuera de nuestra mente el mundo pudiera ser de otro modo. El big-beng y el desarrollo científico que los sustenta se apoya en el conocimiento creado a partir de nuestra forma particular de percibir el mundo, pero en caso de no ser esta cierta, el ser malévolo habría cumplido su misión. Volvemos de nuevo a la cuestión de fe.
Por tanto, para avanzar en la duda existencial no queda otra solución que navegar por el inhóspito mundo del conocimiento ajeno a toda experiencia, es decir el conocimiento metafísico y plantearnos el origen y desarrollo universal bajo la posibilidad de otros paradigmas, dimensiones ajenas al espacio-tiempo percibido, o si cabe posibilidad de una inversión del espacio temporal. En definitiva, como ven el tiempo de los filósofos aún no ha muerto si todavía nos inquieta la pregunta trascendental.