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Francisco Parra Rodríguez

La senda fluvial del nansa es una ruta de primera, y lo es por varios motivos, la belleza del entorno, la frescura que destila, la fronda que lo cubre, y por supuesto las molestias que se ha tomado el ministerio del medio rural para hacer accesible el sendero a mayores y pequeños.

La vía fluvial que va de Muñorrodero en Cantabria ala Central Hidroeléctrica de Trascudia en Camijanes, tiene unos11 kilómetrosde recorrido  y lleva andarla a buen paso un par de horas. Se inicia en el área recreativa de Muñorrodero, en donde hay un amplio estacionamiento para aparcar el automóvil. Está muy bien señalizada y como sigue el curso el río Nansa no hay perdida posible, a no ser que uno se deje engañar por el airoso puente de madera que hay junto al área recreativa y continúe camino adelante, la senda fluvial va en sentido contrario, en dirección al cementerio del concejo. Llegados al camposanto un indicador nos muestra por donde debemos emprender la ruta; un antiguo sendero de pescadores puesto al día por la intervención ministerial. Unas escaleras de madera nos facilitan el descenso hacia el camino, y estructuras similares nos facilitan el atravesar cercas, ascender y descender pendientes, y atravesar los regatos que encauzan las aguas de las laderas al río, a lo largo del recorrido hay zonas de descanso, en donde el caminante puede tomarse un  refrigerio contemplando el lento discurrir del río. En fin, no hay más que hacer que dejarse llevar y disfrutar de un plácido paseo.

La fronda del bosque de rivera hace que en su mayor parte la vereda discurra bajo la generosa sombra de sauces, alisos, avellanos, fresnos, robles y alguna que otra encina, el rumor del agua y el canturreo de las aves invitan a la reflexión serena, no es camino para la animada conversación con otros ruteros, lo es para el sosiego del alma, para liberarse de preocupaciones ó simplemente ver como el tiempo transcurre, ya que no hay horas ni minutos en la vía fluvial del Nansa. Una vez embriago por la magia del lugar,  recordé aquellos versos  escolares de Fray Luis de León de mi Salamanca querida:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

….

Pero no todo es naturaleza y frescura en la senda, se atraviesan modernos huertos y explotaciones forestales en donde la depredadora industria gana terreno al bosque virgen. Pero el ingenio del hombre no siempre es carnicero con la naturaleza y el paseante observa complacido los trasporte fluviales que utilizan los pescadores, “pasarelas” por allí las llaman, y sus refugios, algunos en deplorable estado. Recorrido medio sendero se llega a una pared de caliza, útil para la escalada a judgar por la gran cantidad de clavijas que de ella cuelgan.

En el tramo que transcurre por el poblado de Luey , el sendero se bifurca en un camino alto y despejado, con mayores horizontes y otro que se adentra en la ribera, y nos retorna a la contemplación y a la naturaleza vertical. Llama la atención el rótulo clavado en un tronco que denomina “castaño de Luey” a lo que tiene apariencia de roble.

Estamos al final de la senda y el camino se complica sorteando el rocoso relieve, pero la intervención ministerial viene en nuestro auxilio con un cable que proporciona seguridad en el paso. Superada esta dificultad se llega finalmente a la central hidroeléctrica de Trascudia. La central es pequeña y no tiene otra singularidad que el azud que remansa el agua del río nasa y la vierte formando una pequeño torrente o chorro. Si tenemos previsto medio de vuelta se regresa por la carretera comarcal, si no a desandar el camino andado.

Francisco Parra Rodríguez

Considero que todo hombre alguna vez en su vida ha de haberse preguntado acerca de su origen, del origen del mundo o del de la vida, o si se prefiere se ha planteado la consabida cuestión de ¿Quiénes somos? y  ¿De dónde venimos?. Ignoro la respuesta individual que cada uno se haya dado, donde la ha buscado o si continúa en un mar de dudas, en mi caso y como a tan transcendente cuestión se han dedicado teólogos, filósofos y científicos, buceé en los farragosos mares del conocimiento tratando de buscar algo de luz con la que alumbrar mi completa oscuridad.

La preguntita se me ha hecho presente con mayor o menor intensidad en las diferentes etapas de mi vida: infancia, adolescencia, juventud, y en mi adulta edad, y el faro que oriento la mar de mis dudas lo fueron mis adultos en la infancia, a la religión durante el periodo de formación adolescente, las opiniones de los colegas en la juventud rebelde y la filosofía en mi edad madura, como ven muchas tentativas como para  obtener respuesta certera a tan grave asunto. El caso es que  este es  mi bagaje y he de reconocer que es ligero para tan largo viaje. Por lo tanto antes de aventurarme en las fangosas aguas conviene mostrar equipaje con que vengo a cargar mi maleta; mi teología es la escuela católica sin mas, los conocimientos del mundo físico adquiridos en periodo escolar completados con obras de divulgación general sobre física, química, biología y antropología y la detenida lectura de lo que en mi ignorancia creo que son textos relevantes del pensamiento filosófico; la metafísica de Aristóteles, el discurso del método y meditaciones metafísicas de Descartes, la investigación sobre el entendimiento humando de Hume, los prolegómenos a toda la metafísica futura y la crítica a la razón pura de Kant, y aunque he de confesar que esta última no he logrado leerla en su totalidad no por ello ha sido el texto al que más tiempo y esfuerzo he dedicado. En fin pueden comprobar ustedes que  apenas dispongo de equipo para sumergirme en tan  oscuras aguas, pero me consuela el hecho de enfrentarme al problema existencial desprendido de prejuicios y bajo la óptica de mi propia existencia.

Quizás el mejor planteamiento a la transcendente cuestión la oí en labios de mi hija, y no se asusten porque aquello fue cuando apenas tenía 6 años, por aquel entonces sufría de horrorosas migrañas, y en el ínterin en el que el dolor cesa me soltó la siguiente pregunta ¿Papa, quien nos maneja?. ¿Quién nos maneja?, nuestra química, nuestra psique, quizas Dios, quien sabe. En esencia la pregunta tiene varias derivaciones que podemos sintetizar en tres; ¿nos maneja nuestra naturaleza?; ¿nos maneja un algo o alguien externo a nosotros?; ó ¿nos maneja nuestra razón?. Si reflexionamos sobre cada una de ellas llegaremos sin duda nuevas cuestiones,  que irían extendiendo nuestra inquietud hasta abarcar una tal variedad de materias cuya adecuada respuesta exigiría de tal cantidad de conocimientos que adquirirlos de forma certera exceden del tiempo que la naturaleza reserva a cada alma humana. Habrá por tanto que hacer un esfuerzo para, en base a la experiencia vital que cada uno tiene, intentar alcanzar o no respuesta a la crucial cuestión.

Desprenderse del conocimiento adquirido no es fácil ya que somos fruto de nuestras circunstancias o lo que es lo mismo de nuestra formación, y aunque esta sea elemental si que contiene de las conclusiones generales del conocimiento físico, teológico o filosófico de la época en que nos ha tocado vivir, y que viene a ser la summa de los conocimientos acumulados por nuestra singular especie. En consecuencia, y aún consciente de mis limitaciones intelectuales, abordaré de forma sintética la cuestión en lo que a la vertiente física, teológica o filosófica encierra la duda existencial, siempre bajo mi particular punto de vista o si se prefiere mi experiencia que creo conforme al nivel cultural de estos tiempos modernos.

Ateniéndome, entonces, a los conocimientos que poseo de la física actual, diré que nos maneja la energía que condensada en un punto infinitesimal del espacio eclosiono en un big-bang dando lugar al universo conocido y a sus singulares concentraciones espacio temporales. Esta energía primigenia hace de nuestra química un mundo hueco vinculado por fuerzas de naturaleza electro-magnéticas y gravitatorias, o si se prefiere por una única fuerza que opera a escala microscópica o macroscópica. No se si he llegado a sintetizar el mundo físico actual con estos conocimientos torpemente adquiridos, pero las  combinaciones de energía a que da lugar la explosión universal formando partículas que se conjuntan en átomos y en materia, es la que  acaba produciendo el efecto de estas mis reflexiones, al igual que en su momento el dolor de cabeza de mi hija y su inquietud siguiente. Admitido pues un mundo  en una expansión que habrá de detenerse o no en función de energía que agrupe, surge la duda del más allá del big-bang o del universo científicamente conocido a la que la ciencia por el momento no le ha encontrado respuesta, es por lo que habrá que adentrarse en las aguas teológica y filosófica para proseguir nuestra particular singladura.

Parece ser un hecho el que el universo físico sigue unas leyes determinadas, que la composición química del universo solo cabe en la tabla periódica de los elementos y mírese donde se mire se acaban observando tales elementos y en las proporciones que se deducen de la teoría de su génesis y su posterior evolución, aunque en su devenir el universo parece determinado, su primigenia indeterminación subsiste, y al igual que los escribas del antiguo Egipto trababan de dar una explicación al determinismo de la luz solar y a las periódicas inundaciones del valle del Nilo en su particular teología, se continua buscando la intervención divina a nuestro paso por la vida. En las principales doctrinas es consustancial a la respuesta científica la respuesta teológica o mitológica que las sucesivas generaciones humanas dan a la cuestión existencial, las leyes de la naturaleza vienen a ser la expresión de la ley de dios,  y de ahí la naturaleza divina que estas reservan a la especie, que consecuentemente empareja con su capacidad de comprender la ley universal o la ley de dios .  Creo que  incluso siguiendo los principios de la termodinámica clásica habría de encontrarse una explicación a la cuestión de la inmortalidad o la transmigración del alma. Si  energía somos, y en el universo la energía ni se crea ni se destruye, parece evidente que la infinitésima parte de nuestro ser no habrá de destruirse sino que fluirá a través de los tiempos en sucesivas transformaciones energéticas, y perdurara aún alcanzado su máxima expansión en perpetuo enfriamiento ó completa compresión. En consecuencia el planteamiento físico y teológico de la cuestión en su concomitancia me conducen a la misma situación: hacer del origen de la explosión universal y de su desenlace una cuestión de fe en la intervención de algún ser ajeno.

Queda pues la vertiente filosófica de la cuestión,  ¿nos maneja nuestra razón? o planteada en otros términos ¿puede nuestra razón abordar la duda existencial?.

Por lo que se, el conocimiento tiene mucho que ver con la experiencia: observamos, extraemos relaciones y producimos  un razonamiento. Formamos ideas o conceptos de los objetos que nos rodean,  juicios  en los que establecemos  relaciones de causa y efecto entre los conceptos, y razonamientos que compilan nuestros juicios dando lugar a nuevas ideas, de forma que damos por válido un razonamiento cuando es experimentado, siendo refutado en caso contrario y si cabe reformulad0.  El conjunto de razonamientos que unos u otros han ido experimentando a lo largo del tiempo forma el nivel de los conocimientos que atesora el género humano y que consecuentemente utiliza para transitar por el medio que le rodea. El conocimiento puede verse como un proceso de acumulación histórica que conocemos por ciencia y que permite mayores desarrollos a medida que el cúmulo de ideas experimentadas es mayor. En consecuencia cabe pensar que en algún momento la acumulación ciencia pueda dar una explicación convincente a la trascendente cuestión, y como participes es dicho juego habremos  en mayor o menor medida de contribuir a ello.

Pero previo a la futura posibilidad de que nuestros razonamientos lleguen a dar respuesta la duda existencial, hay que abordar la cuestión de la certeza de nuestra manera de proceder. De la atenta lectura de los textos filosóficos estudiados siempre me llamó la atención la gran preocupación de los filósofos antiguos acerca de la posibilidad que un ser malévolo nublara nuestra mente y nuestros juicios estuvieran errados.  Ajeno al trasfondo doctrinal de la cuestión, ya que viene a ser la misma cuestión la fe que depositemos en la existencia de un ser ajeno supremo hacedor como la un espíritu obcecado en confundirnos, dicha duda metódica acerca de la certeza de nuestros juicios alcanza su momento estelar en el momento en que Kant establece que nuestro mente  está constreñida por la forma en que recibimos las relaciones espacio-temporales. Un objeto que no responde a nuestra voluntad es ajeno a nosotros, mediando entre ambos una distancia y un tiempo. Nuestra forma de conocer está subordinada a esta manera de percibir las relaciones espacio-temporales y nada podemos entender fuera de ella,  de hecho  nada impide que fuera de nuestra mente el mundo pudiera ser de otro modo. El big-beng y el desarrollo científico que los sustenta se apoya  en el conocimiento creado a partir de nuestra forma particular de percibir el mundo, pero en caso de no ser esta cierta, el ser malévolo habría cumplido su misión.  Volvemos de nuevo a la cuestión de fe.

Por tanto, para avanzar en la duda existencial no queda otra solución que navegar por el inhóspito mundo del conocimiento ajeno a toda experiencia, es decir el conocimiento metafísico y plantearnos el origen y desarrollo universal bajo la posibilidad de otros paradigmas, dimensiones ajenas al espacio-tiempo percibido, o si cabe posibilidad de una inversión del espacio temporal. En definitiva, como ven el tiempo de los filósofos aún no ha muerto si todavía nos inquieta la pregunta trascendental.

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Por Francisco Parra

La senda de costa que une los núcleos de Pontejos  y Pedreña en el municipio cántabro de Marina de Cudeyo es discontinua y difícil de seguir. En su mayor parte transcurre por una pista de piedra cimentada y con cuidada señalización, que informa de la flora y la fauna de la marisma , su ubicación y recorrido. La discontinuidad de la senda hace que esta en los paneles informativos se identifique con números romanos: “Senda de Costa de Marina de Cudeyo I” , “Senda de Costa de Marina de Cudeyo II” , … y sucesivas , entre “Senda” y “Senda” hay que atravesar núcleos urbanos y recorrer caminos rurales, y es en estas travesías donde se echan de menos la señalización, por lo que conviene recurrir al auxilio de los lugareños para enlazar  sendero con sendero sin tener que dar demasiadas revueltas. Una forma de empezar el paseo es hacerlo desde  la nave del Club de Remo de Pontejos y seguir el camino cimentado que transcurre entre huertas y la ría de Astillero, a la izquierda nos acompaña el paisaje industrial de unos astilleros ya en desuso y a la derecha un incipiente seto de laurel que delimita el camino de los huertos y casas familiares del núcleo de Pontejos . Recorridos unos quinientos metros la vía muere y nos deja en un callejón de Pontejos con salida a la carretera que une el Sanatorio de Pedrosa y la carretera CA-141. Hay un indicador que nos avisa a  seguir carretera arriba hacia la principal, pero conviene, de momento, no hacer caso al aviso y continuar en dirección contraria, hacia el Sanatorio de Pedrosa o Isla de Pedrosa y adentrarnos el ella, ya que este es sin duda uno de los principales atractivos del recorrido.

Ria de Astillero con la Isla de Pedrosa al fondo
El Sanatorio de Pedrosa fue un lazareto marítimo en el siglo XIX, en otras palabras fue una fortaleza sanitaria a la que iban a parar los desembarcados sospechosos de estar contagiados de alguna de las enfermedades tropicales infecciosas, en el siglo XX fue un hospital especializado en la tuberculosis ósea y en la actualidad es una completa ruina ya que de los edificios hospitalarios decimonónicos solo están en uso uno de ellos : el hospital “infanta Beatriz” que sirve de centro de rehabilitación de toxicómanos. El edificio principal del sanatorio  y el pabellón que está a la entrada del recinto lucen el cartel de “prohibido el paso edificio en ruinas”, en igual estado está  un pequeño teatro, está sin embargo restaurada la capilla, y otro conjunto de edificaciones menores destinadas a labores sociales y administrativas. El recorrer la isla es pasear por un jardín seminaturalizado en donde abundan los eucaliptos, y en menor densidad palmeras, plátanos, tilos, robles y cipreses. Al salir del sanatorio hay que tomar la carretera ahora si en la dirección que nos señala el indicador de la senda y llegar a la CA-141 que es la calle principal de Pontejos, se continua carretera arriba se deja atrás la iglesia y se llega a las escuelas viejas, donación del Marque de Valdecilla al pueblo allá por los años veinte y que en la actualidad es un centro cultural del municipio, a mano izquierda se coge un camino rural en dirección a la bahía, el camino muere en una nave de uso indeterminado ,   a su derecha aparece de nuevo la pista cimentada que da paso a la “Seda II” del recorrido costero.

La marisma junto al obervatorio ornitólogo


La “Senda II” es agradable y sombreada, está rematada con la pista de cemento y piedra común a las otras  sendas del recorrido, en su comienzo hay un puesto de observación ornitóloga e información sobre la avifauna que se puede contemplar. Si tienen paciencia y disponen de prismáticos descansen y traten de identificar las aves que anidan en la bahía santanderina. La senda transcurre por camino llano hasta llegar a una carretera que lleva al barrio del Otero de Pontejos, la indicación aquí es bastante confusa invitándonos a ascender por un camino rural bastante descuidado, conviene alcanzar el barrio por el camino asfaltado que le da acceso, y al llegar al otero detenerse en la Casona de los Gomez Hurra, típica casona cántabra aún no reconvertida en establecimiento hostelero, llama la atención el escudo heráldico labrado en esquina. Continuamos por la carretera asfaltada dejamos y atrás el barrio,  dejamos atrás el cementerio de Pontejos, y continuamos por la carretera asfaltada que desciende  al mar,  encontraremos de nuevo la senda de costa, que ahora recibe la denominación de “Senda III”.

El oleoducto y la isla al fondo

La denominada  “Senda III” es la más larga, prácticamente une los cementerios de Pontejos y Elechas, y esta afirmada de igual forma que la “Senda II”, a lo largo del recorrido encontramos bancos y merenderos y fuentes secas, toda ella discurre entre taludes  cubiertos de arbustos y helechos que desde la costa descienden al mar, desde el camino se adentran en el mar embarcaderos que son utilizados por pescadores de caña, seguramente encontraremos a alguno en este trecho. Cruza la senda la carretera de acceso a una fábrica cerámica, no hay pérdida posible para retomar la pista cimentada, y un poco más allá nos topamos con el cementerio de Elechas que la senda bordea, la escasa altura de la pared del camposanto permite saber que finados ocupan de los nichos.  La “Senda III” termina en la carretera de acceso a la necrópolis que presenta una indudable singularidad: el arco que forma el oleoducto que da servicio a la fábrica de Dynasol de Gajano. Este oleoducto que se adentra a la bahía de Santander había de impedir el acceso al cementerio y como solución la ingeniería opta por elevarlo formando un cuadrado de  al menos 9 o 10 metros de alto por 4 de ancho, que da un aspecto de escultura moderna o si se prefiere de arco de triunfo de la industria sobre la naturaleza. Una vez se franquea el bodrio industrial el senderista tiene dos opciones seguir el camino de tierra que discurre paralelo al oleoducto o adentrase en Elechas y encontrar con ayuda de los elechinos el camino rural que nos devuelve a la senda de costa: la “Senda IV”. Si se sigue el camino paralelo al oleoducto, el caminante va acompañado de un nauseabundo olor a hidrocarburo, y ha de infringir las normas de Repsol que prohíben el paso a toda persona ajena a la empresa, en compensación podrá contemplar una pequeña isleta con una construcción que parece en abandono, cuando el camino llega al punto en el que el oleoducto se adentra en el mar hay que buscar una pequeña trocha que nos devuelve a la “Senda IV”. A través de Elechas hay que seguir una sinuosa carretera que nos lleva a la parte alta del pueblo y desde allí tratar de encontrar un camino rural que discurre recto hasta morir en el comienzo de la  “Senda IV”, ambos caminos, el de Repsol y el de Elechas son los únicos que de momento no están empedrados en la senda de costa.

Reencontrada la “Senda IV” descendemos por el talud que lleva al mar y de nuevo encontramos la vegetación que dejamos atrás en la “Senda III”, se cruza un puentecillo de madera y una revuelta más nos deja en la parte del sendero que discurre paralela al Campo Municipal de Golf de Pedreña. Esta es la guinda del pastel, la mejor panorámica de la bahía de Santander, a un golpe de vista está toda la ciudad montañesa, desde el puerto de Raos hasta la península de la Magdalena, en día soleado se distingue el puerto del ferry, Pereda, Castelar, el palacio de festivales, el oceanográfico y las playas de peligros y bikini. En lo alto las torres de Cazoña, la residencia Cantabria, y los edificios altos de General Dávila y Alto Miranda, y por supuesto el hotel real y el palacio de la Magdalena. Con una buena máquina de fotos habrá de lograrse una buena panorámica. Es la hora de merendar, relajarnos, contemplar la ciudad y escuchar el rumor de este mar sin olas. Al finalizar la verja del campo de Golf, un aparcamiento, y otra nueva senda, ya no llevo la cuenta si es la V o la VI, esta nos acerca hasta la playa de Pedreña, por debajo de los abigarrados edificios de apartamentos que rompen el horizonte de la Bahía. Es la hora de volver y desandar el camino andado.

Si se animan lleven calzado cómodo ya que tres horas de camino a través de pistas de cemento y carreteras asfaltadas acaban calentado las plantas de los pies.

¿ Y tu que sabes ?

Francisco Parra Rodríguez
Recuerdo vagamente que en el polémico documental “¿Y tu que sabes?” equiparaban cada una de nuestras biografía a un mecanismo cuántico, que se asemeja a un esquema de árbol de decisión de esos que tanto gustan a los informáticos. Nuestras vidas transcurren por líneas que acaban en nodos de donde salen otras líneas  que nos lleva a otros nodos, y así sucesivamente. Creo que estos árboles de decisión reciben el nombre en “inteligencia artificial” de redes neuronales. El caso es que a medida que transcurre nuestra vida, en determinados momentos se nos ofrecen un montón de posibilidades, de las cuales elegimos solo una de esas posibilidades, y esta elección nos lleva a otras posibilidades y así sucesivamente. De forma que cuando elegimos una posibilidad, descartamos muchas otras y esto hace improbable que profundicemos en hábitos o costumbres que hemos descartado con anterioridad.
No se cuanto de cierto hay en ello, pero en ocasiones si que me he preguntado donde habrían ido a parar mis huesos si el profesor de física y química del bachillerato hubiera sido más didáctico, si hubiera tenido el valor de pedir el número de trabajo a aquella chica, o si hubiera acudido a aquella oferta de trabajo. Vervigratia, muchas de las cosas de las que soy lo son porque en alguno de aquellos nodos elegí las opciones que me mostraron otros profesores, amigos, y sobre todo la que ahora es mi esposa. No se si tales nodos existen, pero en mi memoria si se guardan recuerdos, a veces vagos, de algunos de esos momentos.
Tengo el hábito de leer en el cuarto trastero de casa, sentado en un sofá-cama, rodeado de olvidados enseres y a plena luz del día, cuando la luminosidad es más intensa más placentera encuentro la lectura. Un día me pregunté acerca del porqué de tan particular manía, y me vino a la memoria el recuerdo del momento de la pubertad y del lugar en el que por primera vez sentí el placer de leer en lugar del de la obligación de leer, que es la común a todo proceso de aprendizaje escolar. Era verano y por aquel entonces tendría unos 12 o 13 años. Un grupo de amigos todas las tardes nos resguardábamos de la canícula castellana en un desolado dormitorio que, por las prisas de la emigración y la necesidad de viajar con lo puesto, dejo en un rincón olvidado tal vez un baúl o un arcón repleto de folletines románticos. El asunto es que aquellos muchachos nos aplicamos con avidez a la contemplación y la lectura de aquellos imposibles amores, desengaños, y pasiones impresas en añejas revistas repletas de imágenes de tonalidades gris ó sepia. Aquellas lecturas nos mostraban unas relaciones entre hombres y mujeres que se escapaban a nuestro imaginario aún infantil, quizás no fuera la faceta romántica del relato la que, a diferencia de su propietaria, nos engancho a la lectura frenética, más bien fue el comprender que las mujeres tenían un momento en que perdían el interés por el “guá”, la “goma” y la “rayuela”. Y ese nodo me ha hecho un irredente lector de todo lo que cae en mis manos, folletos publicitarios incluidos, en añosos y luminosos ambientes.
Cuando contemplo a mi hijo, ya adulto, leer tumbado boca abajo en la cama con las piernas colgando del extremo, revivo de igual manera el nodo en que creo le encaminó a la lectura, era también verano y el marco un hotel, no se porque misterios de la vida crucé con él una apuesta para que las soleadas tardes las dedicara a la lectura. Afortunadamente la apuesta la gano él.

Se me olvidaba el libro objeto de la apuesta era: “Las Ratas” de Miguel Delibes.

CIENCIA Y MERCADO

Francisco Parra Rodríguez

En Santander el día de la constitución amaneció luminoso tras una semana de perros, de manera que aproveche para pasear por la playa de Liencres , a buen paso, recorrí unos cuatro mil metros de ida y vuelta, que calculo es la distancia que ha de haber al caminar de parte a parte la playa que da a las dunas y la playa que da a los acantilados que permanecen unidas mientras dura la marea baja, más o menos una hora de paseo. Fue un momento esplendoroso, el sol, el mar, la naturaleza, realmente Liencres es un paraíso natural, que además invita a la reflexión serena.

Ir a la playa en invierno es sin duda mucho más grato que hacerlo en verano, como lo es pasear vestido de diario, con botas y pantalones de pana , que con chanclas y bañador, no es solo un problema de aglomeración, Liencres es una playa muy larga y en donde los bañistas suelen concentrarse en los doscientos metros que siguen a la entrada a la playa que da a las dunas, de forma que una vez se recorre dicha distancia en verano el paseo es relativamente tranquilo, de hecho en los días festivos invernales acaba uno encontrándose tantos paseantes recorriendo de arriba a abajo la playa como uno los encuentra en verano, pero eso sí todos ellos vestidos y muchos de ellos acompañados con el perro. Lo que hace diferente el paseo invernal es el contraste, el salir del letargo invernal y sobre todo el recibir la luz del sol tan cara en los meses del invierno montañés, quizás estas sensaciones se acrecienten en las personas de la meseta hechas al frío y duro invierno, pero también al sol matinal.

En ese momento tan luminoso del día realmente me sentí afortunado, y eso que desde hace ya varios años no tengo ocasión de disfrutar del puente de la constitución del modo en que lo disfrutan el resto de los españoles, viajando, visitando a la familia, y a pesar de los inconvenientes que regularmente ponen los controladores aéreos y otros trabajadores del gremio del transporte de pasajeros. La verdad es que estoy anclado aquí en Cantabria en invierno y verano por el simple hecho de que mi mujer regenta un comercio, y ya se sabe el pequeño comercio no conoce ni de horarios ni de vacaciones. Pero lo cierto es que el paseo matinal por la playa de Liencres, al igual que recorrer cualquiera de los senderos que serpentean por los valles de Cabuérniga, del Miera, del Pas, hace olvidar los inconvenientes que conlleva la actividad comercial ejercida a pequeña escala. Al fin y al cabo, circunstancias de la vida me han hecho una persona muy poco viajada, sobre todo para lo que se estila en estos tiempos, pero no por ello me siento insatisfecho. La compensación ha sido, amén de darles mi tiempo a mi mujer e hijos, el haber realizado innumerables viajes interiores al calor de la luz matinal de los días de paseo por las playas de Cantabria, a la sombra de los senderos recorridos los domingos de asueto, ó en las tardes hogareñas cuando el invierno cántabro se hace oscuro y cavernoso. Estos viajes interiores han recorrido lugares hoy día tan remotos como la filosofía, la ciencia, la matemática, y por supuesto la estadística y la economía, en vez de guías turísticas y recuerdos mi mochila ha acabado por lo general llena de libros e “ideas”.

A pesar de que vistas desde fuera, mis circunstancias, pudieran parecer un tanto limitadas, ya que a diferencia de mis colegas apenas balbuceo el inglés y únicamente me muevo en el estrecho ámbito que permite mi trabajo de funcionario de la estadística pública, llegue aquella mañana a la conclusión de que tanto en el plano personal e intelectual, me siento un hombre afortunado, y les explicaré a ustedes el porqué.

Leer filosofía me ha enseñado que existen un saber universal, un stock de conocimiento, al que innumerables personas han contribuido de una manera más o menos intensa, y en el que los más privilegiados, los genios han hecho las mejores y más relevantes contribuciones, pero no cabe duda de que otros muchos han hecho muy pequeños añadidos a ese stock, y con este propósito en paseos matinales y tardes hogareñas, he ideado un mundo estadístico y económico, que de seguro serán menos que pequeñas aportaciones a ese conjunto de saber universal, ya que, en fin, no son otra cosa que simple ciencia de “blog”. ¿Por qué lo hago?, no lo sé, no creo que vaya a ganar algún dinero con ello, ni me han de servir para reconocimiento profesional alguno, pero algún viaje interior me hizo ver que una de las razones de existir sea la de contribuir con algo, por insignificante que sea, a ese stock de conocimiento, ya que seguramente algún genio en algún momento indeterminado del tiempo, en nombre de todos, habrá de dar lugar a una respuesta satisfactoria a las preguntas trascendentes que nos hacemos sobre el universo, nuestra naturaleza, y porque no la de la existencia de Dios. El haberlo realizado y poderlo difundir es desde luego una compensación más que suficiente para mi alma humana y científica.

No sé si estás ideas estuvieron en la cabeza de filósofos y científicos cuando iniciaron sus investigaciones y trabajos, pero los libros que he guardado en mi mochila no me han descubierto a Mendel cruzando guisantes , a Newton observando el movimiento, o a Descartes alumbrando el método científico con otra intención que fuera más allá de la propia del conocimiento, es decir, el desentrañar el enmarañado medio que nos rodea, ya fuera este real o idealizado. A lo largo del paseo me pregunte si en realidad lo que perseguía el agustino fuera obtener guisantes más mantecosos para después comercializarlos en el mercado y con ello enriquecer a la orden, pudiera ser, pero lo dudo, no creo que almas tan brillantes abriguen propósitos tan materiales, el caso es que inmediatamente pensé en lo que nos proponen hoy día nuestras élites vincular ciencia a el mercado, de manera repetida y machacona: la educación, la ciencia, al servicio de la economía y de la empresa; la luz cegadora debió nublarme la mente porque mi siguiente idea me llevo a pensar de que si este propósito se logra habremos trocado ese stock de conocimiento científico que tantos siglos ha llevado construir por miles de inútiles cachivaches que acabaran encerrados a medio uso en nuestros armarios. En fin las ideas que a uno se le ocurren al pasear plácidamente por las playas cántabras.

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