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Aprendiendo economía con Ryszard Kapuscinski.

Francisco Parra

2 de Marzo 2018

Todo el tiempo acompaño a Thiam en su ritual. Y pasamos un rato muy largo antes de terminar de hacer toda la vuelta. Mientras, noto que los demás también circulan por sus órbitas matutinas; reina un movimiento febril en la aldea, por todas partes se oye el sacramental «¿Cómo has dormido?» y las tranquilizadoras y positivas respuestas de «Bien, bien». En el curso de tal ronda por la aldea se ve que en la tradición e imaginación de sus habitantes no existe la noción de espacio dividido, diversificado y segmentado. En la aldea no hay cercas ni vallas ni empalizadas, ni tampoco alambres ni mallas metálicas ni cunetas ni lindes. El espacio es uno, común, abierto e, incluso, trasparente: no tienen cabida en él cortinas extendidas ni barreras echadas, paredes ni tapias; no se ponen obstáculos a nadie ni se le impide el paso.

Ahora, parte de la gente se va al campo a trabajar. Los campos están lejos, ni siquiera se ven. Las tierras en las proximidades de la aldea hace tiempo que ya están agotadas, yermas y estériles, convertidas en mero polvo y arena. Sólo a kilómetros de aquí se puede plantar algo, con la esperanza de que, si llegan las lluvias, la tierra dé fruto. El hombre posee tanta cuanta es capaz de cultivar; el problema radica en que no puede cultivar mucha. La azada es su única herramienta; no hay arados ni animales de tiro. Observo a los que se marchan al campo. Como único alimento para todo el día, se llevan una botella de agua. Antes de que lleguen a su destino, el calor se volverá insoportable. ¿Que qué cultivan? Mandioca, maíz, arroz seco. La sabiduría y la experiencia de estas gentes les hace trabajar poco y despacio, les obliga a hacer largas pausas, cuidarse y descansar. Al fin y al cabo son personas débiles, mal alimentadas y sin energías. Si alguna de ellas empezase a trabajar intensamente, a deslomarse y sudar sangre, se debilitaría aún más, y, agotada y exhausta, no tardaría en caer enferma de malaria, tuberculosis o cualquiera del centenar de enfermedades tropicales que acechan por todas partes y la mitad de las cuales acaba con la muerte. Aquí, la vida es un esfuerzo continuo, un intento incesante de encontrar ese equilibrio tan frágil, endeble y quebradizo entre supervivencia y aniquilación.

Las mujeres, a su vez, desde la mañana misma preparan el alimento. Digo «alimento» porque se come una vez al día, por lo que no se pueden usar designaciones tales como desayuno, almuerzo, comida o cena: no se come a ninguna hora establecida sino sólo cuando el alimento está preparado. Por lo general, tal cosa se produce en las últimas horas de la tarde. Una vez al día y siempre lo mismo. En Abdallah Wallo, como en toda la zona circundante, se trata de arroz, adobado con una salsa fuerte, muy picante. En la aldea viven pobres y ricos, pero la diferencia entre lo que comen no consiste en una diversificación de platos sino en la cantidad de arroz. El pobre no comerá más que un puñadito exiguo, mientras que el rico tendrá un cuenco lleno a rebosar. Aunque esto ocurre sólo en los años de buena cosecha. Una sequía prolongada empuja a todos hacia el mismo fondo: pobres y ricos comen el mismo puñadito exiguo, si es que, simplemente, no se mueren de hambre.

La preparación del alimento ocupa a las mujeres la mayor parte del día, o mejor dicho, el día entero. Lo primero que tienen que hacer es salir en busca de leña. No hay madera en ninguna parte, hace tiempo que se han talado todos los árboles y arbustos, y el buscar en la sabana astillas y trozos de ramas o palos es una ocupación pesada, ardua y sumamente lenta. Cuando la mujer por fin trae un manojo de leña, tiene que volver a marcharse, esta vez para ir a buscar un barril de agua. En Abdallah Wallo el agua está cerca, pero en otros lugares hay que caminar kilómetros para encontrarla, o, en la estación seca, esperar durante horas hasta que la traiga un camión cisterna. Provista de combustible y agua, la mujer ya puede proceder a la cocción del arroz. Bueno, no siempre. Antes tiene que comprarlo en el mercado, y pocas veces dispone de dinero suficiente como para hacer un acopio y tener en casa una cantidad excedente. En esto llega el mediodía, la hora de un calor tal que cesa todo movimiento, todo se paraliza y petrifica. También cesa el ajetreo alrededor del fuego y las ollas. La aldea se queda desierta a esta hora, la vida la abandona por completo.

Una vez hice el esfuerzo de ir al mediodía de choza en choza. Eran las doce. En todas ellas, sobre el suelo de barro o sobre esteras y camastros, estaban tumbadas personas mudas e inmóviles. Sus rostros aparecían cubiertos de sudor. La aldea era como un buque submarino en el fondo del océano: existía pero sin dar señales de vida, sin voz y sin movimiento alguno.

Por la tarde Thiam y yo nos acercamos al río. Turbio y de color metal oscuro, fluye entre unas orillas altas y arenosas. En ninguna parte se ve vegetación, no hay plantaciones ni arbustos. Claro que se podrían construir canales que regasen el desierto. Pero ¿quién habría de hacerlo? ¿Con qué dinero? ¿Para qué? El río, de cuya presencia nadie se percata ni saca provecho, parece fluir para sí mismo.

Nos hemos introducido tanto por el desierto que cuando volvemos ya es de noche. En la aldea no hay luz alguna. Nadie enciende un fuego: sería desperdiciar combustible. Nadie tiene una lámpara. Tampoco una linterna. Cuando hace una noche sin luna, como hoy, no se ve nada. Sólo se oyen voces aquí y allá, conversaciones y exhortaciones, relatos que no entiendo, palabras cada vez más espaciadas y dichas en voz baja: la aldea, aprovechando esos escasos instantes de frescor, por unas horas se sume en el silencio y duerme.

Ebano-Ryszard Kapuscinski

 

Cito este texto de Ebano de Ryszard Kapuscinski, porque en muy pocas líneas y con excelente prosa, Kapuscinski resume el “modus vivendi” del mísero poblado de Abdallah Wallo en Senegal, puede que en muchos lugares de este mundo se siga el mismo o parecido ritual, y puede que sean en mayor número los habitantes de este planeta que vivan más en consonancia con la rutina de Abdallah Wallo que con la que impere por poner un caso en Brookling, aunque puede que todo esto ya no sea del todo cierto y que Abdallah Wallo ya no sea el mísero pueblo que describió Kapuscinski, pero a todos los efectos, está vida existió y hemos de creer que fue la predominante en amplias áreas del planeta: África, Asia, Latinoamérica, y remontándonos en el tiempo más atrás, la lucha diaria por conseguir al menos una comida al día hubo de ser la rutina de los pobladores de la desarrollada Europa, Norteamérica y Japón.

En la descripción concisa de la economía de los habitantes de Abdallah Wallo, están presentes cuestiones claves de la economía tal y como se enseña en las facultades: la división del trabajo, aquí entre hombres y mujeres, la existencia de clases sociales, los que comen mucho y comen poco, el azadón, única tecnología de producción, o el mercado al que se acude cuando se puede. Los habitantes de Abdallah Wallo, no desconocen otras técnicas productivas que podrían cambiar la miserable rutina de su poblado, el regadío, pero simplemente no tienen capital para construir canales, y por descontado que los habitantes de Abdallah Wallo son en extremo eficientes con los pocos recursos que poseen: la leña, como también lo son a la hora de trabajar en tan extremas condiciones físicas y ambientales. Con todo también puede haber ocurrido que agotado el poco suelo fértil de Abdallah Wallo, el pueblo entero haya tenido que migrar a Dakar y de Abdallah Wallo solo quede la descripción que tan magistralmente realizó Ryszard Kapuscinski.

Una teoría económica sobre la producción y el consumo tiene que servir en mi modesta opinión para explicar tanto la actividad económica de Abdallah Wallo, por muy miserable que sea como la extraordinariamente compleja del neoyorkino distrito de Brooklyn, que produce servicios con la última tecnología y consume productos que adquiere en un “mall” en donde las referencias se cuentan por cientos de miles.

Una primera cuestión que nos muestra la sencilla economía de Abdallah Wallo es que las actividades de consumo tienen lugar en un núcleo familiar, el hogar, y en esto no creo que haya diferencias con los residentes de Brooklyn, si bien la extensa familia de Abdallah Wallo, sea difícil de encontrar en Brookling, donde los hogares están más diversificados: singles, monoparentales, monomarentales, parejas con o sin hijos, parejas de ancianos o ancianos viviendo solos, lo común es que la decisiones de consumo en Brookling y Abdallah Wallo se toman a nivel de hogar, fuere cuales fuere, y esto ocurre en prácticamente todo el mundo, bien es cierto que hay personas que viven recluidas en residencias, en cuarteles o en presidios y su capacidad para tomar decisiones de consumo está limitada por su situación, pero salvo aquellos obligados forzosamente a permanecer recluidos, quienes voluntariamente se recogen en establecimientos colectivos, al menos ellos, como hogares individuales, o sus familias han tomado una decisión a este respecto: pagar para que todo se lo den hecho.

Otra cuestión del texto de Kapuscinski a considerar, es que por más misérrima que sea la vida, siempre hay clases sociales, aunque sea entre los que comen un tazón de arroz y los que comen un puñado de arroz. En la aldea de Abdallah Wallo, hay terreno de sobra, seco y malo, pero de sobra, y parecer ser que todos tienen azadón, y aunque todos los hombres pautan el ritmo de trabajo sobre los mismos condicionantes, no es una sociedad estrictamente igualitaria, ya que hay quien come mejor y quien come peor. Kapuscinski, acudió a Abdallah Wallo invitado por su amigo Thian al que conoció en Dakar, y puede que sean las remesas que envía Thian a su familia una de las causas de la diferencia de clases que se da en Abdallah Wallo, aunque como no todos somos iguales habrá entre los hombres del poblado mejores y peores agricultores, o puede que todo se reduzca a simplemente estar más fuertes y más sanos, de igual manera que las mujeres que acuden a comprar al mercado, no todas tendrán la misma habilidad negociadora para acopiarse en él del excedente que precisan. Como la desigualdad tampoco es muy allá, ya que una sequía prolongada – afirma Kapuscinski- acaba con ambas clases por igual, las diferencias entre lo que consumen y poseen se limitan a la cantidad de arroz que comen. Si alguno de los pobres entre los pobres de Abdallah Wallo, consigue algún tipo de trabajo bien sea en Dakar o en otra localidad, su familia simplemente consumirá una mayor cantidad de arroz, eso es todo. Las sociedades más igualitarias, son más homogéneas en los bienes y servicios que consumen, basta recordar las imágenes de la China y la Rusia comunista o la actual Corea del Norte, todos vestían igual, viajaban en idénticas bicicletas o transporte público y aguardan colas en comercios pobremente surtidos. A pesar de ello había clases sociales, ya que la nomenklatura vivía con un estilo de vida más acorde con los gustos capitalistas, pero oculto a los ojos de la población. La Cuba actual, sigue siendo comunista, y aunque sus comercios no disponen de los cientos de miles de referencias que tienen las grandes superficies de su vecino del norte, los cubanos muestra una mayor diversidad y occidentalización en sus pautas de vida que el otro referente comunista actual, Corea del Norte, pero los cubanos aparte de su idiosincrasia reciben remesas de los familiares que emigraron a los EE.UU., mientras que los norcoreanos se encargaban de cerrar a cal y canto las fronteras de su país. Guardemos entonces lo que el texto de Kapuscinski muestra, que las clases sociales se diferencian por el acceso que tienen a los bienes de consumo.

 

La comunidad de Abdallah Wallo no sabemos si constantemente labora o hay también algún momento para el goce y el recreo, seguramente el poblado tiene algún ritual animista en donde se baile y se festeje en comunidad, puede que esta comunidad senegalesa, cace y todos participen del festín, o que guerreara con otras tribus, y de haber salido victoriosa, en la fiesta se haya repartido el botín, o puede que el consumo colectivo se realice de manera tan sutil a como describe otro texto de Ryszard Kapuscinski:

Los baganda son gentes muy pulcras en lo que a limpieza y ropa se refiere. Al contrario de sus compatriotas, los karamajong, que desprecian las vestimentas al considerar que la única belleza está en un cuerpo humano desnudo, los baganda se visten cuidadosa y meticulosamente, tapando los brazos hasta las muñecas y las piernas hasta los tobillos.

Apolo dice que ahora las cosas van bien porque se ha acabado la guerra, pero que también van mal porque ha bajado el precio del café (estamos en los años noventa), y ellos viven de su cultivo. Nadie quiere comprarlo, nadie lo viene a buscar. El café se estropea, los cafetales se asilvestran, y ellos no tienen dinero.

Suspira y, con suma atención, conduce su plancha entre los remiendos y las costuras, como hace el marinero con su barco entre arrecifes traicioneros. En un momento de nuestra charla, de entre la espesura de los plátanos sale una vaca, tras ella unos pastorcillos la mar de traviesos y agitados y, cerrando el cortejo, un anciano encorvado. Es Lule Kabbogozza. En 1942, Lule estuvo en la guerra, en Birmania, y habla de ello como del único acontecimiento de su vida. A partir de entonces, nunca ha salido de la aldea. Ahora pasa estrecheces, como los demás.

What I eat?, se pregunta a sí mismo. Cassava. Day and night cassava. Pero tiene un carácter bueno y optimista, y, con una sonrisa, señala hacia la vaca. A principios de cada año se reúnen varias familias, sacan sus cuatro monedas de donde pueden y compran en el mercado una vaca. La vaca pace en la aldea: hay hierba suficiente. Cuando se acercan las Navidades, la sacrifican. Todo el mundo se reúne para la ocasión. Todos miran a ver si se reparte con justicia. Ofrecen una gran cantidad de sangre en sacrificio a los antepasados (no hay ofrenda más preciada que la sangre de vaca). El resto lo asan y hierven allí mismo. Es la única vez en el año q que los campesinos comen carne. Más tarde comprarán otra vaca y dentro de un año de nuevo habrá fiesta.

La aldea que ahora visita el periodista, no es un territorio seco y polvoriento como Abdallah Wallo, en un párrafo anterior se refiere a ella como: “un inmenso jardín tropical: Palmeras, plátanos, tamarindos y cafetos”, pero la cotidianidad es la misma, ya nos advierte el periodista que: “por lo general, en las aldeas no se come más que una vez al día, por la noche, y en la estación seca, una vez cada dos días, si es que se come”. Y que es lo que come todos los días Lule Kabbogozza: yuca, y porque no varía su dieta el pulcro Lule Kabbogozza, el periodista nos lo aclara:

Hay pocos caminos grandes en el país. Como pocos son los camiones. Millones de personas viven en unas aldeas a las que no lleva ningún camino ni llegan los camiones. Esta gente es la más perjudicada y la más pobre. Vive lejos del mercado, demasiado lejos como para transportar hasta allí, sobre la cabeza, esos pocos bulbos de cassava o de yams, ese racimo de matoke (plátanos verdes) o ese saco de sorgo, es decir, las frutas y verduras que crecen en su zona. Al no poder venderlas, no tienen ningún dinero y, por eso mismo, no pueden comprar nada: el desesperante círculo de la miseria se cierra.

Son los mismos problemas, pero de lo que se trata ahora es de mostrar que el consumo colectivo que en el mundo occidental tiene la forma de los servicios educativos, sanitarios proporcionan los estados, previo pago de un impuesto, se da también entre culturas tan en las antípodas como los baganda, eso sí con el propósito de cumplimentar su diaria dieta vegana con la carne de la vaca, que como se diría del cerdo en la cultura española: de él se aprovecha hasta los andares.

La diferencia entre la sociedad africana y la europea consiste, entre otras, en que en esta última reina la división del trabajo, en que actúa la ley de la especialización, lo que hace que las profesiones y los oficios estén claramente definidos y determinados. Tales principios funcionan en África en un grado bastante exiguo. Aquí, sobre todo hoy en día, la persona se lanza a decenas de ocupaciones, hace un montón de cosas, por lo general no por mucho tiempo y —así son las cosas— sin demasiada seriedad. Sea como fuere, resulta muy difícil no toparse con alguien que no haya rozado el elemento y la pasión más arrebatadora de África: el comercio.

El mercado acaba siendo así una institución clave en el “modus de vida” de África, y de otros sitios, aunque puede que también de todos los sitios, cuando de economía estamos hablando. Tal es la importancia del mercado en la visión de África que nos ofrece genial periodista, que le dedica todo un episodio: EL AGUJERO DE ONITSHA. El mercado más grande de África, o tal vez incluso del mundo:

En África se ve muy clara la diferencia entre el mercado-mercado y lo que solemos llamar una gran superficie o un centro comercial o un mercado municipal. El centro comercial es una construcción fija, algo que tiene una forma arquitectónica, una estructura más o menos planificada, un grupo estable de comerciantes y una clientela medianamente asidua. También tiene puntos de referencia que perduran en el tiempo: rótulos de conocidas empresas, placas con apellidos de comerciantes famosos, anuncios de colores y escaparates atractivamente decorados. El mercado, en cambio, es un mundo del todo diferente. Es el mundo de los elementos, de la espontaneidad y de la improvisación. Es una fiesta popular, un concierto al aire libre. Dominio y reino de las mujeres, el pensar en el mercado no las abandona ni por un momento. Todavía en casa, en la aldea o en la ciudad, piensan en su ida a él. Irán allí para comprar o para vender algo. O lo uno y lo otro.

 

¿Y el mercado en sí? Además de comprar y vender, también es un lugar de encuentro. Es la huida de la monotonía de la vida cotidiana, un momento de descanso, una reunión social. Para ir al mercado las mujeres se visten con sus mejores ropas, no sin antes cuidarse de su peinado, que, laboriosamente, se hacen unas a otras. Y es que en África, al mismo tiempo que las compras, hay un permanente desfile de moda, discreto, involuntario e improvisado. Si uno se fija en lo que venden y compran estas mujeres, le resulta difícil resistirse a la impresión de que la mercancía no es más que un pretexto para entablar y mantener una relación con otras personas. He aquí, por ejemplo, a una mujer que pone a la venta tres tomates. O varias mazorcas de maíz. O un cuenco de arroz. ¿Qué beneficio sacará? ¿Qué podrá comprar con él? Y, sin embargo, se pasa en el mercado todo el día. Observémosla con atención. Sentada, no para de hablar con sus vecinas, discute con ellas, mira la ondulante multitud que pasa ante sus ojos, expone sus opiniones y hace comentarios. Luego, sintiendo hambre, las mujeres intercambian los productos y los guisos que han traído para la venta y los consumen allí mismo. Tiempo atrás, en un viaje que había hecho a Malí, observé, en Mopti, un mercado de éstos, el de pescado. En una pequeña plaza cubierta de arena, bajo un sol asesino, permanecían sentadas unas doscientas mujeres. Cada una de ellas ponía a la venta unos cuantos peces pequeños. No vi a nadie que quisiera comprárselos. Ni tan siquiera mirarlos o preguntar por su precio. Y, sin embargo, las mujeres se mostraban contentas, charla que te charla, mantenían un debate animado, ocupadas en ellas mismas y ausentes para el mundo. Creo que si hubiese aparecido allí algún cliente, no lo habrían recibido de buena gana, pues les habría estropeado la diversión.

 

Lo expuesto sirve para apreciar la diferencia que se da entre el ir al mercado en los países prósperos y en los desfavorecidos, o lo que viene a ser lo mismo como se conceptúa el mercado en la menor parte del mundo frente a la mayor parte del mundo. La primera nota es que cualquiera que por allí transite puede ser un comprador, un vendedor o ambas cosas a la vez, es decir son de libre concurrencia, ya que los vendedores no son siempre las mismas empresas que se instalan en los centros comerciales. Allí sencillamente la gente se va a intercambiar lo que le sobra por algo que le hace falta, un poco como ocurre en los rastros de nuestras ciudades o en los mercadillos rurales, en donde ofrecen sus productos los agricultores locales y se ve tanta informalidad y artículos kitsch como en el mercado africano:

 

El mercado africano es un gran amontonamiento de baratijas de diverso pelaje. Una mina de chucherías y trastos chapuceramente hechos. Montañas de birrias y de pegotes kitsch. Nada de lo que hay aquí tiene valor alguno, nada llama la atención, ni despierta admiración, ni tienta, ni hace que uno desee poseerlo. En un extremo se apilan montañas de cubos y palanganas de plástico, iguales, rojos y amarillos; en otro, forman una maraña miles de idénticas camisetas y zapatillas de deporte, y en un tercero se levantan pirámides de telas de percal multicolor y brillan hileras de vestidos y chaquetas de nailon. Sólo en un sitio así se ve hasta qué punto el mundo está inundado por cosas de última fila, cómo se hunde en un océano de kitsch, de baratija, de sin-gusto y de sin-valor.

 

La segunda nota es el bullicio, Kapucinsky nada nos dice de cómo se realizan los intercambios en los mercados africanos, bueno en un pasaje anterior, relativo a un viaje en autobús, utiliza esta metáfora: “Todos gritaban a cuál más fuerte y agitaban los brazos como si participasen en un regateo en medio de un mercado ruidoso”. El regateo como forma de determinar el precio en los mercados tradicionales, sean estos los mercados al aire libre africanos o los bazares orientales, es un hecho que para nosotros tiene un aire pintoresco, aunque yo aún recuerdo a mi madre regateando en los comercios de la capital de la provincia en que nací. Aunque las grandes superficies sean tan bulliciosas en asistencia de público como los mercados que describe Kapucinsky, en ellas nadie grita ni agita los brazos, entre otras cosas porque no hay nada que regatear, los consumidores occidentales somos precios aceptantes, no hay nada que discutir, si no nos conviene el precio, buscamos otra referencia, y esta manera de ajustar el consumo a nuestros bolsillos provoca que a diferencia de los mercados africanos, en donde hay marañas de idénticas camisetas y zapatillas, en los nuestros de cada producto se necesiten cientos de referencias con precios diferentes y calidades lógicamente diferentes, entre ellas, las marcas blancas o las denominaciones “low-cost”. De seguro que en el mercado de Onitsha cada zapatilla de deporte por muy idéntica que sea se vende y compra a un precio distinto, aunque al cabo del día la zapatilla encuentre lo que en la teoría económica se conoce como su precio de equilibrio.

 

En otro pasaje de Ebano, Kapucinsky, plantea una cuestión relativa al ahorro y con la que quiero concluir las referencias al genial libro. ¿Cabe el ahorro en una sociedad tan frugal como la africana? He aquí su respuesta:

 

Sé de qué se trata -interrumpo a Hamed-, porque pude contemplar el fenómeno con mis propios ojos en Ogadén. Recorríamos entonces el desierto en camiones con el fin de buscar a unos nómadas amenazados de muerte por hambre y llevarlos al campamento de Gode. A mí me resultaba de lo más chocante que cada vez que encontrábamos a unos somalíes al borde de la muerte, acompañados de unos camellos en el mismo estado, aquellos hombres por nada del mundo querían separarse de sus animales, aun a sabiendas de que no los aguardaba sino una muerte segura. Estuve allí con un equipo de salvamento compuesto por gente joven, un grupo que pertenecía a la organización humanitaria Save. Tenían que emplear la fuerza para separar al pastor de su camello -ambos reducidos a meros esqueletos—, pero acababan llevando al campamento al hombre, que los insultaba y maldecía. No por mucho tiempo, sin embargo. Aquella gente recibía diariamente tres litros de agua, que tenía que bastarle para todo: beber, cocinar, lavar. Y como ración diaria de comida, medio kilo de maíz. Y también, una vez por semana, un saquito de azúcar y un trozo de jabón. Pues bien, aquellos somalíes eran capaces aun de hacer ahorros, de vender el maíz y el azúcar a los mercaderes que deambulaban por el campamento, de acumular una suma de dinero necesaria para comprar un camello y huir al desierto.

Como ven ahorrar no es solo hábito de ricos, en otro pasaje del libro el baganda Simón es considerado como un hombre acaudalado: tiene una bicicleta, y, gracias a ella, una ocupación. A saber, que economías hubo de hacer Simón para hacerse con su medio de transporte.

 

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Diario de viaje Marrakech

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Diario de viaje por Marrakech.

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La Crisis

Francisco Parra Rodríguez

10 de Mayo 2016

Vaya chico más estudioso, todas las tardes le veo aquí en la sala de estudio, los codos sobre la mesa y sin apartar los ojos del libro, así es como se debe estudiar, y no como hacen estos otros gandules que cuando llegan los exámenes se encierran aquí día y noche, memorizando libros y apuntes que han tenido olvidados durante la mayor parte del cuatrimestre, el atracón del vago que decía mi padre. Y vaya guerra que dan, todo el rato entrando y saliendo de la sala a la calle fumar, y como dejan la sala de sucia, papeles emborronados, envoltorios de golosinas, menudos guarros.
Este no, viene todos los días, y según le vengo observando, lo primero que hace es subrayar el libro, luego completa los apuntes que toma en clase, elabora sus esquemas y después codos sobre la mesa a estudiar lo escrito. Y sin manchar apenas nada, ninguna hoja de sucio, ni envoltorio, solo los restos de la goma y las virutas del lapicero cuando le saca la punta. A veces, le veo leyendo algún libro, se lo mandaran leer en clase. No es como el resto, nada de tabaco, nada de móvil, nada de golosinas, estos otros se pasan toda la hora de estudio wasapeando, pero como demonios se van a concentrar tales energúmenos, saben que las llamadas de móvil las tengo prohibidas, sino, menuda algarabía sería esta sala. Deberían de aprender de este chico, tan estudioso, tan formal y con el móvil guardado en la mochila o en el bolsillo que es donde debe de estar. Lo veo tan jovencito, aún barbilampiño, será de primero, espero que no se malee como estos que vienen para los exámenes finales. Un friki, pasarán o se mofaran de él, pero veremos que ocurre el día de mañana, donde estará uno y donde estarán los otros.

La bedel de la sala me tiene un poco mosqueado, no para de mirarme, seguro que se ha olido algo, lo mismo me pide el carnet de la “uni” y me hecha de la sala, a donde voy a ir yo entonces, la biblioteca central a las siete de la tarde la cierran y además allí es tan grande la sala de lectura que hace un frío que pela, lo mejor es estar calladito y dar la impresión de que estoy estudiando todo el rato. Por aquí vienen pocos estudiantes y como son mayores, pasan de mí, la verdad que prefiero esto al Instituto, allí tampoco hablo con nadie, bueno con Ivan el Rumano, pero como apenas conoce el castellano es como si no hablaramos, el añora su pueblo, es casi de lo único que habla, se ve que aún no se ha adaptado a España, y además está la crisis, esta maldita crisis que no acaba, seguro que lo está pasando peor que yo, algún día le tengo que decir que venga a estudiar aquí, al menos estará calentito, porque se le ve con cara de pasar frío. En el patio nos juntamos los dos a tomar el bocadillo, viendo como los otros chicos juegan al balón, allí es donde me cuenta lo de su pueblo, no es de mi curso, pero me da igual, prefiero su compañía a los de mi clase, y no es que me lleve mal con ellos, simplemente no me llevo, me limito a responder a lo que me preguntan, siempre cosas relacionadas con la clase, me tienen por un empollón y me preguntan cualquier duda, las soluciones de los problemas, lo que ha dicho el profesor y no han anotado, yo les respondo y ellos me dejan en paz. Este es el último año que me queda y una vez deje el “insti”, intentaré trabajar, se que lo tengo difícil con el poco trabajo que hay, pero ahora soy menor de edad y mi madre insiste en que acabe mis estudios. Me gustaría hacer las dos cosas a la vez, trabajar y estudiar, en nocturno, a distancia, como sea.

Pobre madre, me da una pena, verla así, lo que ha sufrido con todo lo que ha pasado y lo que esta padeciendo ahora, y a pesar de todo actúa como si nada hubiera ocurrido, no se como se las apaña pero todos los días nos tiene la comida y la cena a punto, bueno, la comida a mi padre, que yo los días de clase como en el colegio, la ropa limpia, el bocadillo preparado y todo eso en la situación en la que estamos. Desde que se caso con mi padre siempre ha estado en casa, y siempre haciendo economía, comprando al precio más barato del mercado, alimentos, vestuario, productos del hogar, lo que fuera, la de comercios que se habrá pateado para que en casa no faltara de nada, para que yo, como otros niños, tuviera regalos de reyes, celebraciones de cumpleaños, ropa deportiva, lo que fuera, y luego lo mañosa que es con todo, la ropa que dejaban los primos o los vecinos, un pespunte por aquí y otro por allá, y como nueva. Todas las tardes frente al televisor con la labor entre las manos, arreglando el mono de trabajo de mi padre, remendando unos calcetines, alargando las perneras de mis pantalones. Para ahorrarse el peluquero, en una oferta del super, se hizo con una maquina de cortar el pelo y nos lo arreglaba, a mi padre y a mi. La de cosas que habrá reparado, sillas, mesas, mesillas, enseres que otros desechaban y que mandaba a mi padre ir a recoger a las casas de parientes, amigos, de quién fuera e incluso a los contenedores de basura, estanterías y armarios que la gente desechaba al menor desconchón o simplemente porque se habían cansado de verlo, a mi padre le decía que había que hacer cuando la reparación requería fuerza, ella sola se bastaba para lijarlos, barnizarlos, pintarlos, en fin dejarlos como nuevos. La estantería de mi antigua habitación y la mesita del ordenador fueron reparaciones de mi madre. Aparte es una excelente cocinera, sobre todo de guisos, marmita, olla ferroviaria, patatas a la riojana, rebozadas, con arroz y pollo, gallina al chilindrón, conejo, pote, cocido, alubias, lentejas, las mañanas las pasaba pendiente del puchero, y en las meriendas del colegio, ella era la que llevaba la mejor tortilla de patatas, o al menos la que primero se acababa, nada parecido a la comida que me dan ahora en el colegio, no niego que sea más variada en los platos de tenedor, pero a mi no me sabe a nada, se ve que esta hecha sin ganas, sin cariño, al por mayor, aunque para gustos no hay nada escrito, sobre todo cuando veo a mi amigo Iván, joder como se la come, sin pestañear en diez de minutos da cuenta de los dos platos y el postre, y no deja una miga de pan, pobre se nota que pasa aún más necesidades que nosotros. Cuando las cosas se pusieron feas mi madre salió a trabajar, a buscar una casa, a lo que fuera, y menos mal que le salió atender a una anciana, mañana y tarde, la encontró por razón de una vecina, pero la pobre señora se murió, y ahora solo tiene un par de horas en un chalet de las afueras. Me daba pena verla cuando regresaba de casa de aquella señora, tan cansada y teniendo que empezar las tareas de la suya, preparar la cena y el guiso para que comiéramos mi padre y yo al día siguiente, barrer, el baño, lavar, tender y además como ya andábamos muy mal de dinero, solo utilizaba la lavadora para lo más indispensable, la ropa de cama y mis vaqueros, la mayor parte de la ropa ahora la lava a mano, por desgracia el mono de mi padre ya hace tiempo que permanece colgado en la percha del armario. Hay que ver lo limpia y relimpia que es mi madre, en los buenos tiempos pasaba la bayeta a la menor mota de polvo que veía, los cristales de las ventanas, relucientes, la cocina, ni te cuento, como una patena decía, ni un bocadillo me dejaba hacer porque según ella todo se lo ponía perdido, menuda mujer, no se de donde saca tanta energía, si intentaba ayudarla en casa a tender, a barrer, a lo que sea en seguida me mandaba a la habitación, tu a estudiar, haz una buena carrera y ya tendrás quien te haga la casa.

Como pasa el tiempo, ya ha caído la tarde, menos mal que el bedel se ha ido, me estaba poniendo nervioso. Me gusta esta sala de estudio con sus grandes estanterías llenas de libros que nadie lee, a ninguno de los que por aquí se acercan les he visto levantarse a consultar libro alguno, y para que habrían de hacerlo, todos traemos nuestros libros de texto y nuestros apuntes, y algunos hasta traen sus ordenadores portátiles y tabletas, como hay wifi me imagino consultaran la Wikipedia. Las mesas de esta sala de estudios, están demasiado juntas y tienen el espacio justo para el libro abierto y el cuaderno de apuntes, cuando cae la noche la sala tiene un aire de película, el bedel solo ilumina la zona en donde yo estudio, y el silencio es sepulcral, pero en exámenes esto es otra cosa, un continuo ir y venir de estudiantes, todo un concierto en donde el coro es el roce de las hojas cuando se pasa página, el solista el rasgueo del bolígrafo en el papel, y la batería las teclas presionadas de los portátiles y el plato el golpe del lápiz cuando se dejan sobre la mesa, la verdad es que de música poco se, no me apasiona como a los otros, prefiero el silencio, y en exámenes la verdad es que me incomoda todo ese ruido de pasos al entrar y salir, de los libros y cuadernos cuando se sacan o se guardan en la mochila, los holas y adioses que se cruzan los que vienen a estudiar, el bisbiseo entre grupos de amigos, el timbre de algún móvil que no se silenció a la entrada, el bedel que no hace otra cosa que entrar a reclamar silencio, en este medio año que llevo estudiando aquí ya conozco la cadencia de sus pasos, se cuando viene, cuando está y cuando se va, ciencia de ciegos.

El bedel tiene la edad de mi padre, eso creo yo, pobre padre, cuando llego a casa y le contemplo sentado en la silla, sin nada que hacer y con la mirada perdida, preguntándose que ha hecho para verse así, me da tanta rabia que corro a refugiarme en mi cuarto. Bien es verdad es que apenas estudió, aprendió el oficio de su padre, la paleta, el dice que como en su casa no había posibles de muy chico tuvo que irse a la obra, pero yo no lo tengo muy claro, como nunca le he visto con un libro en las manos, ni siquiera un periódico, ni con el “as” ni con el “marca”, nada, y eso que las únicas aficiones que le conozco son la tasca y el futbol, me imagino que de haber estudiado no hubiera llegado muy lejos. A mi poco caso me ha hecho, si hubiera valido para el balompie, quizás hubiera pisado más el colegio, ya que para él los asuntos del cole eran cosa de mi madre, y mejor así porque con lo cabezota que es, vete a saber por donde habría salido en alguna de las reuniones con el tutor, sobre todo el año aquel que tuve tantas dificultades con el profesor de matemáticas, mi madre la pobre se esforzaba en ayudarme con las tareas, pero ella sabía menos que yo, y no se como, pero consiguió dinero para que al final fuera a particulares. No obstante, mi padre siempre ha sido un buen trabajador, hasta la crisis, nunca le falto obra, y en los años en que la construcción tiro para arriba, ganó un buen dinero, formó cuadrilla propia y se los disputaban por todas las obras de la ciudad y alrededores, trabajaron como mulos, hasta pretendió meterme en el oficio, menos mal que mi madre le paro los pies. Aquel dinero, sin embargo, fue nuestra perdición, cuando mi padre se vio con dinero, no había quien le parara, en la tasca cambio la caña por el mejor whisky, y para dárselas invitaba a todo el mundo, cambió el coche que teníamos por un audi nuevo, y de tanto alardear y enseñarlo a la familia, esta acabo pasando de nosotros, no se que cuentas le haría el director de la sucursal del banco pero acabó comprando un chalet adosado, y todo ello sin consultarle nada a mi madre. Una tarde apareció con las llaves de la nueva casa y dijo que nos mudábamos al día siguiente. Mi madre no se lo podía creer, daba saltos de alegría, por fin tendría una casa propia, pero cuando vio el chalet enmudeció, enseguida noto que aquello estaba fuera de nuestro alcance, y además la alejaba de su vida, de su barrio, de sus vecinas, de sus amigas. Pero fue al notario y firmó, que podía hacer ella, menudo carácter tiene mi padre, como para contrariarle, si se había pasado toda la semana replicando que aquella casa era una ganga. Cuando salga del pozo, realizaré una visita al director aquél, a preguntarle sobre las cuentas que le hecho a mi padre. La verdad es que del adosado apenas pudimos disfrutar, amueblamos la cocina y enseguida se nos hecho la crisis encima, las obras que tenía apalabradas mi padre acabaron cerrando, y la hipoteca se comió los pocos ahorros que nos quedaban, el audi hubo que malvenderlo y el paro de mi padre acabo en manos del banco. Fue entonces cuando mi madre busco una casa, pero ni por esas, al final lo pusimos a la venta, pero no encontramos comprador, el banco nos acabó desahuciando, nos quedamos sin nada y además debiendo dinero. A mi madre el desahució la dejo fría, creo que se lo veía venir tarde o temprano, la casa nunca la consideró suya, al fin y al cabo la había comprado mi padre sin encomendarse a Dios y al Diablo, la dije que llamara a STOP desahucios, sin ganas los llamó, creo que lo hizo para complacerme, pero allí la dijeron que aquello era como lo de alcohólicos anónimos, que servía para desahogarse, para aliviar una pena que ella no tenía, lo dejo pasar, solicitamos abogado de oficio y perdimos el juicio del desahucio, el banco no quiso negociar, ni aplazar la deuda, ni ofrecernos alquiler social, de sobra sabía que en ninguna de las condiciones podíamos afrontar el gasto aquel. Toda la situación a mi padre le sobrepasó, él tan cabezón, tan orgulloso, quedó hecho añicos, solo salía del chalet para sellar el paro, dejo de ir por las pocas obras que aún quedaban en pié, cuando salía evitaba los lugares en donde podía encontrar conocidos, de la familia no quería nada, como humillarse ante ellos después de haberles restregado el audi y el chalet. Estábamos tan mal de dinero que incluso la compañía no cortó la luz, fue por aquel entonces cuando empecé a ir a pasar la tarde en la biblioteca, esta no es la primera, antes fui a la pública, después de una larga temporada cambié para que no llamar la atención. Mi madre fue la que lucho para que me dieran la beca del comedor, no es como mi padre, no se avergüenza por que las cosas nos hayan ido mal, a veces consigue comida en el banco de alimentos, y presiento que al atardecer se acerca a algún super a ver si pilla en los contenedores algo en buen estado, me imagino que igual hace la madre de Ivan, pero por lo poco que me cuenta al menos su padre no está tan deprimido como el mío, recoge y vende chatarra, Ivan de cuando en cuando le acompaña, a mi no me importaría ayudar a mi viejo a recoger chatarra, siempre será mejor que pasarse el día metido en la cama o contemplando desde la ventana lo que ocurre en la calle. Fue mi madre la que consiguió el piso en el que ahora vivimos, bueno piso es un decir, ya que es una casa que se cae de vieja, se la alquilaron por mediación de cáritas, nos pidieron 200 euros de alquiler, al principio los pagamos, pero ahora no pagamos nada, con las dos horas de jornada de mi madre no nos da ni para pagar la luz, cualquier día nos vuelven a desahuciar, solo levantamos cabeza cuando mi padre recibe los 400 euros del paro, pero esto es cada diez meses en dos años, aunque puede que la economía se anime y vuelva a encontrar trabajo en la construcción, o que lo encuentre yo en la hostelería o donde sea cuando cumpla la mayoría de edad, o puede que a mi madre le salga una casa a tiempo completo, o que mi padre se coma su orgullo y le pida ayuda a alguno de sus hermanos y cuñados, o que el ayuntamiento nos de una casa digna en alquiler, o puede que….. Hum, oigo los pasos del bedel, hora de recoger y volver a la realidad, lo dicho mañana le propongo a Ivan que se acerque a estudiar conmigo, aquí al paraninfo, para que vea lo calentito que se esta.

hombres de negocios en las vegas

MONTE HIJEDO

Francisco Parra Rodríguez

Ayer toco salida al monte Hijedo. El Hijedo es una masa forestal de roble albar enrome, 1200 hectáreas según leo en la hoja de ruta que nos envía por correo electrónico Carlos, el guía de la Asociación Deportiva Curavacas. Llegar al monte Hijedo desde Santander lleva su tiempo, hay que tomar la autovía de Castilla y llegados a Reinosa coger en el cruce de Matamorosa la carretera CA-730 en dirección a Arija. El desvío no tiene perdida ya que es el mismo que en el otro sentido conduce al polígono industrial en donde se encuentra la Naval. La carretera de Arija circunda el embalse del Ebro, y discurre encima del dique del pantano, la presa es pequeña en longitud y caída, y llama la atención que tan modesta obra de ingeniería hidráulica consiga embalsar la cantidad de agua que guarda el pantano. El embalse amen de regular el flujo de agua del caudaloso río hacía el antiguo reino de Aragón, sirve para producir electricidad, pero no a través de la pequeña presa que lo cierra, su agua se bombea en periodos de baja demanda energética, horas valle así se llaman, a otra central situada montes arriba que es la que produce la electricidad en las horas punta, cuando la demanda de energía es creciente, de esta manera la masa de agua que contemplo desde el bus hace de pila que guarda la energía tan necesaria para el deficitario sistema eléctrico español. Llama la atención la torre de la iglesia de Arija sobresaliendo del lago del pantano, y su airosa rampa que desde la orilla del embalse permite que el reloj y campanario de la torre sigan en uso para los habitantes de lo que no ha restado el agua al valle. Enseguida se atraviesa Arija hay que tomar la carretera comarcal que nos acerca al pueblo burgalés de Alfoz de Santa Gadea, BU-V-6423, y una vez allí, pendiente de distintas señalizaciones, alcanzar el aparcamiento por el que se accede al monte desde la cabaña del Hijedo, un sendero de pequeño recorrido marcado como PR-BU 30. Nuestra intención era recorrer el monte en dirección norte-sur, terminando el paseo en Riopanero, núcleo perteneciente a la municipalidad de Valderredible, ahora en la región de Cantabria, ya que el extenso robledal ocupa superficie tanto de Castilla y León como de Cantabria, pero antes de alcanzar nuestro punto de salida encontramos indicaciones que prohibían el acceso al monte por estar los monteros a la caza del jabalí. Hubo de dar marcha atrás y volver a la carretera burgalesa para continuar desde la CA-762 a Ruanales, para tomar la BU-611 que nos acercaba hasta Riopanero, nuestro punto de llegada. Nuestro plan cambió a caminar la senda en dirección opuesta a lo en principio proyectado, aprovechando que los cazadores estaban monte arriba, hasta el lugar en que estos nos cerraran de nuevo el paso, para desandar luego lo andado. Paró el autocar en el desvío por el que se asciende desde la carretera al pueblo, nos abrigamos convenientemente porque a esta fecha del año, finales de noviembre, la helada nocturna había bajado considerablemente la temperatura. El frío castellano no es malo para el mochilero, si esta va bien abrigado, pero el día había amanecido también en este otro lado del monte húmedo y el frío se te introducía hasta los huesos, además la neblina sin afectar al ritmo de la marcha presentaba el inconveniente de no dejar apreciar la altura y el fondo del singular robledal. El ambiente invitaba más a la melancolía que a la algarabía del senderista, con sus tertulias sobre la vida campestre, la comida sana o la mala situación política, de manera que el grupo ya estirado discurría en silencio por la ancha pista forestal que conduce al refugio de la corva, en donde los paneles informativos dan cuenta del inició del recorrido por la fronda del monte. El arroyo del Hijedo acompaña ahora al sendero, y el camino discurre entre envarados troncos de robles albares cubiertos de líquenes, que con la neblina baja hacían temer la aparición de la santa compaña de un momento a otro, ateridos de este frío gallego y temerosos de que algún disparo de los monteros arriba equivocara el blanco caminábamos taciturnos. El suelo del bosque aparecía tupido de la hoja de roble caída, ahora humedecida por la neblina, dejando entrever el color otoñal que semanas atrás hubo de poblar las copas del robledal. El rumor del curso de agua que discurre al lado del camino deleita el ascenso monte arriba, el cauce salva el desnivel con tenues caídas de agua y represas que dan lugar a pequeñas corrientes, alguna de ellas digno de ser recogido en la cámara de fotos. La bruma, el discurrir del agua, y el contraste del color pardo-amarillo de la hoja caída y el verde de la ribera, dejan espacio a la intimidad, aunque uno eche de menos la ausencia de horizontes y el azul del cielo cuando uno alza la vista. En lo alto las ramas del robledal ya desnudas de hojas se pierden en la nube que ahora cubre la masa forestal. A lo largo del sendero se deja ver alguna que otra haya, con troncos caprichosos que contrastan con los envarados robles que hacia arriba buscan la luz del sol. El robledal parece ejército en formación, por lo bien espaciada que esta su arboleda, la superficie en ángulo al arroyo y al camino, cubierta con la fronda caída apenas tiene monte bajo. El día despeja y parece probable que también disfrutemos del sol si los monteros acaban su cacería antes de que alcancemos la cima del robledal, pero recibimos malas noticias de otros caminantes que se han visto obligados a dar marcha atrás. En asamblea decidimos continuar el paseo.

Recorridos un par de kilómetros desde el refugio, abandonamos el camino bueno y tomamos una senda estrecha que discurre atravesando el arroyo por distintos vados, el arroyo trae agua y vadearlo requiere precaución y pericia, bien por la presencia de piedras sueltas o por tener que alargar la zancada hacia terreno resbaladizo, entre unos y otros ayudamos a toda la compañía a franquear una y otra vez, hasta siete veces, el curso de agua. En uno de aquellos pasos se nos unió un can de la partida de caza, que monte arriba acorralaba a un jabalí. Esta trecha es mucho más cerrada que la senda antes andada, y el roble que se encuentra a su paso ya no está tan envarado como el de la zona baja del robledal, se le ve más vetusto y arrugado, el suelo seguía cubierto de la hojarasca que el otoño había arrancado al robledal. La luz ahora entraba entre los troncos y la poca hoja que quedaba en sus ramas, proyectando en la ladera la sombra de los robles, la estampa del bosque filtrando los rayos del sol de seguro que haría las delicias de un pintor paisajista. El camino es vuelve más pindio y ahora se escucha el resuello de los caminantes, la pendiente deja poco aliento para la conversación aunque se haya levantado el día. De pronto el tronar de varias escopetas nos estremece y nos detiene, el eco del disparo apunta a que viene de mucho más arriba, a nuestro alrededor nada se estremece, ni siquiera el perro cazador que aún continúa con nosotros, el monte permanece tranquilo y nos animamos a continuar la marcha. Llegamos hasta un punto en que la senda se bifurca, y dos letreros señalan la distancia que resta hasta la cabaña del Hijedo, por un lado tres kilómetros creo recordar, por el otro cinco, Carlos, el guía, opta por el camino largo por ser menos pendiente, y nos aclara que desde el sendero que va parejo al arroyo hemos venido a dar a la ruta circular que proponen los paneles indicadores del monte a los senderistas que a él se acercan desde Alfoz de Santa Gadea. A medida que cumbreamos el monte el camino se ensancha y despeja, a uno de los lados encontramos el automóvil de un montero y metros más a allá a su dueño, conversamos y nos sugiere que continuemos ruta, que siendo ya medio día ellos van a parar y tomar un refrigerio, la montería la continuaran a la tarde en el bajo bosque, allá por los caminos que hemos dejado atrás, el cazador busca su perro, pero por lo hablado no es aquél que nos acompaño un buen trecho de camino, sabiendo que se puede culminarse la senda y que no hemos a volver tras nuestros pasos, continuamos para salir a la pradería. A pocos metros de dejar la fronda del monte, vemos a uno de los monteros arrastrando pendiente abajo el jabalí abatido. Hacemos un alto para contemplar la pieza cobrada que ahora espera con el cazador a la vera del sendero, es un animal joven y lleva un disparo en la cabeza, bajo una de las orejas, no abunda la sangre y el cazador deja que fotografiemos su triunfo. Por fin salimos a la zona despejada, es una pradería coronada por un roquedal, mirando a lontananza se otra formación rocosa que la erosión a esculpido imitando el almenar de una fortaleza, pero sin la monumentalidad de la cornisa que nos ofrece el cañón del Ebro a la altura de Orbaneja del Castillo, pero se ve que es la misma mano la que ha labrado la muralla. Un pedregal a medio camino del roquedal, aparece como un buen lugar para almorzar y descansar un largo rato. El grupo se dispersa en corrillos afines y cada cual saca de su mochila el refrigerio que ha dispuesto para la jornada, en mi caso una tortilla de patatas elaborada con todo el cariño de mi esposa que hubo de quedarse en tierra por causa de una mala gripe que con rapidez se ha extendido en la capital cantabra. No falta bota con buen vino ofrecida por alguno de los compañeros de camino. En la pausa se ve que la gente platica con buen humor de todo tipo de temas, hay tiempo hasta para café, ofrecido por aquellos que cargaron el termo un su mochila. Pasan por el camino los autos de los monteros, uno de ellos ha subido en el trasportín el jabalí cazado, continúan camino arriba hasta el alto, en donde otros esperan para compartir almuerzo, y conociendo las costumbres de los cazadores de seguro que será más copioso que el bocadillo mochilero. Es hora de continuar y aprovechar la merienda de los monteros para adentrarnos de nuevo en la espesura del monte camino de la cabaña del Hijedo.

De nuevo en el monte, el sol vuelve a mostrarnos sobre el manto de hojarasca la silueta de los robles viejos, el camino es más dificultoso que el dejado atrás, un sube y baja que se estrecha por momentos, y que en ocasiones requiere franquear pequeños torrentes de agua que no ofrecen mayor dificultad al paso. Esta parte del bosque alterna entre robles centenarios, acebos, cornejos y arándanos entre otras especies, es más tupido que el de abajo y de mayor diversidad, esconde el tesoro de dos tejos centenarios cuyas raíces abrazan la roca sobre la que se posan, uno de ellos, el de mayor fuste ha sido catalogado en el inventario forestal, y su singularidad hace que nos detengamos y aprovechemos a realizar la foto de grupo, contemplándolo, uno se interroga acerca del impulso de la naturaleza que permite a la vida germinar allá donde todo se conjura para impedirlo, apena volver al sendero y dejar de admirar el gran bonsái modelado por las sabias manos del tiempo, pero este apremia y los días ya no son tan largos y se quiere regresar al bus antes de la atardecida. Solo nos detenemos ya en un mirador que nos ofrece una panorámica de la unidad del monte y de las estribaciones del cañón del Ebro, un pueblo tendido en la altura de una loma y un pico que se muestra cubierto de nieve en el horizonte, suscita la debate, con toda probabilidad se trate de algún pueblecito de las loras burgalesas y el pico nevado sea el de Castro Valnera, la mayor altitud de las merindades, frontera entre Cantabria y la meseta castellana. Poco queda ya para dejar el bosque y salir a la cabaña del Hijedo. Aunque cabaña es poco decir para esta construcción palaciega rematada en dos airosos torreones y con capilla para el culto. Su antiguo esplendor se ha perdido sin duda, y espacios que tenían destino recreativo ahora sirven de cuadras y gallineros. No obstante, el edificio principal, a cuyos lados están situadas las torres, está bien conservado y en su patio se ve restaurado el brocal de un pozo con bomba de mano para elevar el agua fresca a sus moradores. No hay conducciones eléctricas, ni placas solares, me imagino que la explotación agropecuaria se abastecerá a través de un generador de gasoil o sencillamente de la leña que proporciona el bosque cercano. La vista de la cabaña una vez que se retoma el camino de vuelta al aparcamiento que debió ser nuestro punto de origen es impresionante, y merece también ser inmortalizada en fotografía aprovechando el color oro viejo con que el sol del atardecer baña los muros de la cabaña palaciega. Kilómetro y medio nos queda para desprendernos del calzado rudo, y dormitar complacidos en el autobús de regreso a Santander por las mismas carreteras que circulamos en la gris mañana, que después mudo en tan soleado día para regocijo de caminantes y provecho de monteros. Si disponen de tiempo para ello pásense por estas tierras, se lo aconsejo.

 

 

Los juegos de cartas

Francisco Parra

En el pueblo el paso de la infancia a la adolescencia estaba marcado por el reloj del bar, los infantes pasaban el día en la calle ocupados en sus juegos, sus correrías o tratando de pelar la pava, al bar solo se iba con los mayores o simplemente no se iba, a lo sumo se entraba a comprar un polo los días de paga: domingos y fiestas de guardar, y naturalmente solo durante la estación del verano. Por eso el día en que a una panda de chicos se le admitía sin más en alguno de los bares del pueblo, era porque el sentir común establecía que aquellos muchachos había que considerarlos ya como chavales, y por tanto su presencia en el bar no tenía por que molestar al conjunto de los parroquianos, hombres acodados en la barra discutiendo por lo general de futbol o reconcentrados en el juego de la baraja en las sillas y mesas dispuestas para tal menester. Quizás fuera la psicología del hombre que detrás de la barra había de pronunciarse sobre el derecho de admisión, la primera en apercibir dicho cambio de status, o puede que este le llegase a través de comentarios de parientes que en conversaciones sin venir a cuento señalaban que mi hijo o mi sobrino ya había dejado la escuela y que ahora trabajaba como un mulo en el negocio familiar, o por el saludo cómplice de alguno de los clientes que daba a entender que fulanito ya era compañero de cuadrilla. No es que todos los del grupo hubieran entrado de golpe en la vida laboral y hubieran colgado sus estudios, lo cierto era que de la escuela solo se habían apartado los menos y por razones más bien económicas que de otro tipo, aunque en alguno de los casos digamos que hubo razones intelectuales que aconsejaron dicho transito, pero el hecho de que a tan solo un miembro de la cuadrilla se le reconociera una modesta capacidad adquisitiva lo suficiente para hacer siquiera un consumo mínimo en el establecimiento, bastaba para dar a todo el conjunto carácter de cliente regular del establecimiento. No todos los bares y cafeterías del pueblo veían con buenos ojos a la gente menuda, por lo general eran un par de ellos los que a modo inciático permitían en tardes de domingo que las pandillas mixtas de chavales se familiarizaran con las rutinas tabernarias, de manera que una vez iniciadas en ellas y habiendo alcanzado ya el estadío del chateo de domingos y fiestas de guardar, las mismas pandillas ahora desprendidas del elemento femenino eran las que elegían el cuartel en donde reunirse con más asiduidad, un lugar de cita en donde iniciar las rondas que si los bolsillos lo permitían no debían ceñirse con exclusiva a los domingos y fiestas, en definitiva, un segundo hogar en donde no había que dar explicación alguna. Y era cuando esto ocurría, el momento en donde se tenía constancia de que se había completado el paso de la infancia a la adolescencia, el mismo que hacía que del juego inocente de chicos y chicas gustándose a través de los amigos y amigas más íntimos, hacía ahora que ese mismo chico y chica se buscaran a través de los rincones y callejones más escondidos para acabar en el reservado del único bar que admitía los juegos de pareja. Atrás quedaban pues, los inocentes juegos infantiles de chapas, peonzas, burros, policías y ladrones, las competiciones deportivas, las peleas entre cuadrillas, los asaltos de huertas, o los juegos de rodar la botella con las chicas de la panda para conseguir un angelical beso, todo aquello quedaba entonces sustituido por el deporte rey: el de la baraja de cartas.

En el tiempo en que las cuadrillas eran mixtas y aún se buscaba al amor platónico, en las cafeterías aquellas en donde se permitía la estancia de grupos de chicos y chicas a los que por sentado se les negaba todo consumo con algún contenido de alcohol, el juego preferido era el “chinchón” entre otras cosas porque permitía multiplicidad de jugadores y su desarrollo se hacía interminable, lo tengo como un juego alegre y divertido que facilita la complicidad sin exigir de excesiva pericia, en el “chinchón” contaba tanto ganar como putear al amigo reteniendo las cartas que este buscaba, o por el contrario contentar a la amiga descartándose uno de las cartas que ella necesitaba, ya que alternándose en la mesa chico con chica, al iniciarse la partida cada cual buscaba su mejor compañía, de la misma manera que el cambiarse de lugar era una manera de mostrar por parte de las muchachas por donde cupido estaba lanzando sus flechas. Cuando franqueamos por vez vez primera la puerta del bar en calidad de parroquianos no eramos neófitos en el juego de la baraja, ya que era la propia familia quien en tardes invernales de lluvia tras los cristales como diría el poeta, nos inició en los juegos cartularios, y como la tarea de aguantar a hijos pequeños recaía sobre las mujeres, era de nuestras madres, tías y abuelas de quien aprendimos a manejar el mazo de cartas, y como estas gustaban más del “chinchón”, de la “escoba”, o de la “brisca” que del “tute”, el “mus” o el “julepe”, juegos varoniles donde los haya, era los mencionados en primer lugar los que jugábamos en camaradería saboreando una coca cola, fanta o mirinda, haciendo ojitos a la chica de nuestros sueños y llenado el suelo del bar de cascaras de pipas, y siempre contentos porque nuestro estatus en el pueblo había dado un salto de considerable altura en la escala social. La “escoba” era otro de aquellos juegos para múltiples jugadores con el que pasábamos el tiempo en aquellas largar tardes dominicales, la “escoba” bien jugada, precisa de calculo y de memorizar las cartas que ya han sido descubiertas, para nosotros lo más importante era dar el golpe en la mesa pronunciando a grito pelado “escoba”, lo cierto es que la muestra de aquella incipiente testosterona retiraba de la mesa el componente femenino y por ello la “escoba” era jugada una vez el grupo quedaba cansado del “chinchón”, con todo a los chicos nos servía de entreno para los juegos de más enjundia, en donde el ganar no solo depende de la suerte que haya caído a cada cual. La “”brisca”” entre los juegos de pensar, era el único que se jugaba en forma mixta, puede que por la simplicidad de sus reglas o porque a ellas les permitía soltar cualquiera de las tres cartas y continuar la conversación con la amiga o el amigo. Era cuestión de tiempo que las mozas del pueblo se cansaran de aquellas tardes y habiendo ya atrapado en sus redes al chico deseado dejaran de verse por el local, de igual manera, lo abandonaban las todavía no emparejadas conscientes de que aquellas tardes de coca cola, cartas y pipas ya no daban más de sí, en definitiva todas las amigas al año o año y medio acababan pasando las tardes de domingo en su casa o con su chico en el reservado del único bar con reservado del pueblo, y así la panda de chavales ya solos y sin otra distracción que jugar alguna “escoba” o meter alguna moneda en el pin-ball para sobrepasar el record de puntos del bar, acaba tomando consciencia de que había que mudar y optar por uno de aquellos más tasca que cafetería en donde el elemento femenino quedaba relegado a la cocinera. El transito como lo era la vida en el pueblo ,devenía de una manera natural, como lo fue la primera vez que obtuvimos el derecho a entrar en el bar a adquirir otra cosa que no fuera un polo, como cuando no se consideró necesaria nuestra presencia en la misa dominical, o como cuando se nos permitía asistir a la segunda sesión del baile por fiestas, el caso es que, a sugerencia de alguno de la pandilla que curtido en las faenas del trabajo en las fabricas de chacinas y con dinero en el bolsillo para café, copa y puro, ya se había dejado de ver de cuando en cuando en alguno de los bares del barrio, e incluso participado en alguna partida de mayores, emprendimos el éxodo al bareto que a la postre habría de constituirse en nuestro cuartel, nuestro lugar de reunión o en el propio sentido de la palabra: nuestro bar. Y una vez completado este tránsito aquellas pandillas que antes se decían de la plaza, del torreón, de la vía, pasaron a conocerse por el nombre del bar que frecuentaban: los del lisboa, los de los charros, o los de los ángeles.

Esta etapa de la vida en donde los amigos lo son todo, cuando la casa de uno agobia, nuestro bar era algo más que el establecimiento en donde se servía un vino por lo general aguado, alcohol de garrafón o achicoria en vez de café, era nuestro cenáculo, el club al que acudir para buscar el consuelo y el sabio consejo de los camaradas, impregnado de un tufo a morro frito y humo de cigarrillos y habanos, quedaba a nuestra entera disposición una mesa con sus sillas acolchadas de skay situada tras una cristalera desde la que se vislumbraba una de las calles más transitadas del pueblo, que comunica la carretera nacional con la plaza mayor, y la verdad no es que el posadero hubiera dispuesto reserva para que la mesa fuera ocupada por los de mi cuadrilla, no, lo cierto era que siempre allí se encontraba sentando algún miembro de la peña, bien sea jugándose los cuartos a la baraja, en animada tertulia cuyo tema venía a dar siempre con la juerga corrida el sábado anterior o simplemente fumándose un pito a la espera de más compañía. En aquel tugurio el grupo de amigos también trastoco, como invariablemente venía a ocurrir con todos las pandas de chavales que dejaban atrás infancia y adolescencia, se agregaron otros asiduos de mayor edad huérfanos de camaradas, a la vez que se desprendieron otros de los nuestros, una de las causas de las deserciones eran las de aquellos que habiendo cometido un traspiés en noche toledana habían por la fuerza de abandonar la soltería, los había también que la abandonaron por su propia voluntad, y también estaban aquellos que cansados de pueblo hacían las maletas y tomaban el tren a la ciudad, al norte o Alemania, sin otro retorno que la visita por vacaciones a padres y hermanos, los que se iban a estudiar y en la capital se sacudían el pelo de la dehesa, o aquellos otros que cambiaban de peña por que los envites de las partidas quedaban por debajo de sus expectativas de riesgo. El caso es que a un par de años en que tomamos posesión de la mesita aquella desde la que se contemplaban las gentes que bajaban en dirección a la plaza o de vuelta hacía la carretera, la peña de amigos ya nada tenía que ver con la de la adolescencia, con mayor rango de edades había ya quien disponía de carnet de conducir y arrestos para quitarle a su padre el coche, alguno incluso había bregado ya lo suficiente para agenciarse un destartalado seiscientos de segunda mano, de manera que la tertulia hubo de ampliarse para planificar cuando, como y donde habría de ejecutarse la siguiente juerga y dar cumplida crónica, con nuevos horizontes a pueblos vecinos y sus fiestas, el corrillo se extendía y la conversación que versaba básicamente sobre las habilidades amatorias de los componentes del grupo para poner dientes largos a aquellos que por su temple menos decidido habían pasado la tarde del sábado en el pueblo haciendo la ronda de siempre, cuando no de la capacidad de aguante de sus hígados, fue adquiriendo un tinte tan machista que acabamos por golpear al modo de gorilas en celo las cristaleras del rincón de reunión cada vez que por la calle transitaba en camino de ida o vuelta alguna moza casadera, el caso es que se nos empezó a coger tal pavor que estás a medida que se acercaban invariablemente cambiaban al otro lado de la acera, pero la feminista del pueblo, indignada ante tanto berrido sátiro, decidió una tarde entrar en el bar y dando cara a los tertulianos pregunto un simple ¿que queréis?, ante el que enmudeció toda parroquia, e incluso a más de uno se le atomató la cara. A pesar de ello, los chascarrillos siguieron, y el encuentro se tomo como una anécdota divertida que había que contar como aquellas otras más salvajes una y otra vez, pero la valiente aquella iba y venía de la plaza a la carretera sin cambiar de acera y sin que ninguno de los encerrados en la urna realizara aspaviento alguno. En aquel bar se jugaba entonces al “tute” habanero por parejas o al subastado, lo habitual era llegar buscar mesa y compañero y jugarse en primera partida el café y en segunda partida o revancha la copa, un coñac peleón, un anís o una mezcla de ambos, en sol y sombra, el anís se servía por lo general con hielo y como en el establecimiento solo se servía la marca “castellana”, se pedía al grito de una castellana con hielo. Las mesas en las que tenía lugar el juego, se completaban no solo de jugadores, ya que siempre había mirones esperando que les llegara su turno de jugar, y como todos eran grandes expertos en el manejo del naipe las jugadas eran analizadas y discutidas con pasión, abochornándose a los torpes y reafirmando el sabio proceder de los buenos jugadores aunque su desarrollo hubiera dejado a la pareja en mal tanteo. El “tute” requiere mucha atención a las cartas, al compañero y al tanteo. En el “tute” habanero, la pareja ganadora debe completar un tanteo de ciento y un tantos de no cantar un “tute” alguno de los jugadores, los no iniciados en este juego de la baraja española han de saber que cantar es reunir por la suerte del reparto un rey y caballo del mismo palo, si es el del pinte, o el del palo de la ultima carta que se baraja estamos ante un cante de las cuarenta, si es de otro palo se cantan las veinte y si lo que se tiene en la mano son los cuatro reyes de la baraja una vez se ha hecho baza se muestra el “tute” y se da por finalizada la partida a favor de la pareja que reunió la combinación, para facilitar los trinos el “tute” no es amigo de un excesivo barajeo de modo que para favorecer un buen tanteo basta entremezclar un poco las cartas y enseguida cortar. La salida es esencial, ya que una vez repartidas las cuarenta cartas a razón de diez por cada jugador, el que sale tiene la posibilidad de facilitar el cante del compañero empezando la jugada por as, buscar el cante de contrario empezando la jugada por el palo en el que no ha recibido figura de rey o caballo, o picar un tres que en el tanteo vale diez a la espera que su compañero remate la jugada con un as y en una sola baza se anoten veintiuna, incluso cabe falsear el as para en la segunda vuelta del palo obtener el tres como botín, esta manera de desarrollar el juego se presa mucho al vocerío, “las cuarenta”, “las veinte en bastos”, las “veintiuna”, y a sonoros golpes en el tapete cuando se pilla una buena tacada, y entre tanto grito y mamporro hay que llevar por cuentas las bazas realizadas por tu pareja y la del contrario para cambiar de estrategia si fuera necesario, cuando se alcanza el objetivo de tanteo, el ganador despliega en el tapete las cartas que le restan en la mano y espeta, “me salí”, esto no quiere decir que hayas acabado el juego ya que hay que contar y recontar los puntos por si acaso un fallo de memoria da al traste con la victoria anunciada. El “tute” subastado es similar en su desarrollo, solo que el tanteo se subasta como su nombre indica entre las parejas en turno de orden por jugador, en cada puja el tahúr tiene derecho a “cantar” en alto uno a uno los posibles puntos que lleva, pero sin decir el palo a que este corresponde, si tiene un as, dice un uno, si es as y tres del mismo palo, dice veintiuno, si es un caballo y rey del mismo palo, canta un diez, si son las cuarenta creo recordar que se anuncia un veinte, y si se lleva el modesto tres se cita como una media, descubrir lo que uno lleva es cuestión de estrategia de juego, ya que para informar al compañero hay que pujar y subir en al menos un punto el tanteo del contrincante, si no se quiere apostar uno pasa y deja hacer a su compañero y al adversario. Una vez que se realiza la subasta se juega a ver si se logra el tanteo en liza. Uno y otro juego eran de mi predilección y por lo general solo participaba en las partidas de jugarse café y la copa, pagaba la consumición creo recordar la pareja que perdía tres de ellas. Una vez se pasaba la hora del “tute”, que era como habrán adivinado la hora del café, los empedernidos iniciaban los juegos en los que el dinero era el objeto de la apuesta, y el rey de aquellos juegos era el “julepe” muy por encima del póquer que en aquellos lugares apenas tenía predicamento. No les sabría explicar como se juega al “julepe” porque nunca quise aprender, y turulato de tanto vocerío y humo durante la partida de “tute”, cuando empezaba la chimba del “julepe”, aprovechaba para tomar el fresco, o buscaba el acuerdo con aquellos amigos que no gustaban de apostar para cambiar de aires a otro lugar mas salubre, en donde se podía cambiar el naipe por el taco de billar o la mesa del pin-pon, pero al cabo se regresaba a la guarida a ver la suerte de los que habían arriesgado sus menguados ahorros.

En un principio eran los sábados y domingos por la tarde los días en que el grupo compartía juegos, penas y alegrías en el bar, luego la costumbre se extendió a lo días de labor en el tiempo que media entre la cena y la hora de acostarse, imagínense el numero de timbas de “tute” que participe o presencie entre los diecisiete años hasta los veintitantos años en que abandone el pueblo, una vez termine la mili y encontré trabajo en lo mio, aún descontando los meses de cinco años que pasé estudiando en la universidad, aquellas fueron muchas partidas, aunque nadie sabe por que extraña razón en los últimos años de camaradería cantinera fue ganando terreno el “mus” al “tute”. El “mus” menos racional que el “tute”, se prestaba al jolgorio y a la discusión en mejor medida, amen de ofrecer mayor emoción a los espectadores que nunca faltaban, sobre todo en los tanteos finales cuando es obligado cortar y jugárselo todo para evitar que los contrarios acumulen los chinos que les faltan para completar el juego, señas, descartes, envido, órdago, pases y demás liturgia que acompaña al juego hacía que uno pudiera resolver un mal tanteo, pillando las señas que se pasaban los contrarios o dando las tuyas cuando estos otros estaban desprevenidos, echando un órdago sin jugada alguna, o mostrando al contrario lo que no se tenía para cebar el envido del compañero, el problema es que de tanto jugar unos contra otros, la psicología de juego de cada cual era de sobra conocida, y jugadores y auditorio ya sabían a ciencia cierta quien envidaba con ley a la grande, quien gustaba se sacarse la chica en paso, quien iba de farol a los pares o quien buscaba resolver la partida en el juego o en el punto, eramos tan previsibles que enseguida se sabía quien había cortado de mano con treinta y uno sin pares o quien quería cortar la mano con una pareja de ases, pero ni así faltaban las recriminaciones entre compañeros por el corte precipitado, por haber equivocado la seña o haberle cerrado el envido, o los comentarios de la concurrencia : “jugador de chica perdedor de “mus”, “dios da cartas al que no tiene mano”, o “hasta el rabo todo es toro”, tan fuerte entro este juego tan popular en la piel de toro que hasta desbanco al “julepe” en las manos de apuestas. Muy torpe a la hora de dar a apercibirme de las señas no era pareja deseada para el “mus” al que jugaba con la añeja racionalidad del juego del “tute”, pero también jugué lo mío, hasta que la poca frecuencia con la que acudía al cenáculo de mis amigos, limitada ya a las ocasionales visitas a mis padres y otra parentela, aconsejaba el dejar de participar en aquellas timbas por el mero hecho de no fastidiar a la pareja con la que concurría, por entonces todos estábamos felizmente casados y se había cambiado la antigua tasca por una moderna cafetería que había sabido combinar con éxito el juego de cartas por las tardes con el bar musical en la noche. En este bar musical nadie saboreaba puros “farias” como en el otro bar, de igual manera que la copa de coñac, el anís y el sol y sombra habían dado lugar al cubata o al chupito de whisky pero entrados en canas allí seguían perorando los mismos jugadores y espectadores que acompañaron mi juventud y adolescencia, en los interines entre partidas se tertuliaba me imagino que de las mismas trascendentes cuestiones en que dábamos en conversar en aquellos lejanos años.

Nostalgia, no siento, desde que me case y me mude a vivir en diferentes ciudades no he sido cliente asiduo de bar alguno, salvo el que me sirve el café y el pincho de tortilla en la pausa matinal del trabajo, y confieso que en pocas ocasiones he vuelto a jugar a los naipes, ahora al “mus” y el “tute” ya solo residen en un rinconcito escondido de mi memoria, tal es mi despego que dudo que mis hijos conozcan el manejo de la baraja española, pero confieso que tuve cierto mono del juego de cartas y a diferencia de algunos de mis compañeros de trabajo que mataban el tiempo haciendo solitarios como es debido, yo me grabe en mi ordenador un simpático juego de “mus” que me permitía compartir mesa con Felipe González, Luis Roldán, el juez Garzón, Norma Duval o Barbara Rey, aunque era divertido confieso que no era lo mismo y al cabo el juego acabo borrado del disco duro del ordenador. Lo que no acabo de entender es como después de tantas manos jugadas, risas, conchabeos y compadreos que compartimos en el bar aquel, me ha dado por preferir el domino, del que guardo copia en el “ipad” para jugar si se tercia en red, juego que curiosamente era el preferido de mi padre y de mis tíos cuando el festejo familiar obligaba a sobremesa, sera cuestión de genética, o de que una vez rematados aquellos convulsos años cada mochuelo ha de retornar a su olivo, y quedarse en casa propia pasando el tiempo de la misma manera que uno aprendió de sus mayores, que son a la postre los que mas certeros consejos vienen a dar.

Francisco Parra

Las TIC, acrónimo de las Tecnologías de las Información y la Comunicación, se han infiltrado en el mundo de la burocracia administrativa con el firme propósito de cambiarla a mejor, es decir simplificarla, agilizarla y acercarla a ciudadano, me equivoco ¿si ó no?. Al igual que a golpe de “click” nos organizamos unas vacaciones en cualquier parte del mundo, negociamos un activo financieros estructurados o no, o simplemente nos intercambiamos consejos, chistes, frases bonitas o fotografías familiares, uno espera que estas tecnologías aplicadas a la gestión administrativa nos permita pagar tasas o solicitar permisos o nos informen de la hora de llegada del autobús en nuestra parada habitual dando un “pellizco” al móvil. Menuda suerte el librarse de ventanillas en donde atiende un desganado funcionario o evitarse colas esperando turno cual cliente que acude a la compra semanal en la carnicería en mañana de sábado. Si señores la administración se moderniza como no podía ser de otro modo y pone a disposición ciudadana su administración Electronic@ para beneficio de administradores y administrados, es decir de propios y extraños. Cuan lejos quedan las ventanillas del “vuelva usted mañana” que inmortalizó Mariano José de Larra, con aquellos funcionarios insensibles que exigían de firmas y documentos que siempre notaban incompletos. Pero no hay que engañarse que la administración tiene sus tiempos y vicios, y no es fácil cambiar el paso de un elefante, que digo un dinosaurio, que pulula entre nuestras vidas desde tiempos inmemoriales. Y como la administración napoleónica, que es el origen de la nuestra, tiene imperativo o prerrogativa de “imperium” como se enseña en los textos de derecho administrativo, lleva obligando a las empresas, quieran lo o no lo quieran, al uso de las TIC en las gestiones fiscales y laborales. Y cuando el plesiosaurio dicta sentencia no distingue grandes de pequeñas, de manera que toda forma societaria incluido el castizo “autónomo” ha de someterse a la e-administración, que en España resulta un “remake” del “vuelva usted mañana” pero sin funcionario con manguitos.

 

Con forma societaria limitada, mi mujer que contrata 1,10 trabajadores según certificación del seguro social, pertenece a la clase emprendedora que se relaciona mediante la TIC para gestiones tributarias y del seguro social, y como ella  con orgullo y sin verguenza alguna viene a declararse tendera, ha delegado en su cónyuge, el que suscribe, los asuntos de gestión, bien sea por mi instrucción de economista o bien por mi familiaridad con los asuntos públicos al prestar servicios para el animal jurásico. En ello llevo varios años de experiencia y como me ha tocado vivir la transición del papel al fichero electrónico,  crean me he llegado a añorar la ventanilla de Larra. Cuantos disgustos, cuantas horas perdidas he pasado en solitario frente al ordenador lidiando con la agencia tributaria electrónica y el sistema red, o con los teléfonos de atención al público que recepciona un ordenador, que primero te obliga a marcar una ristra de números para después dejarte a la espera oyendo una melodía que al cabo del rato se vuelve insoportable, hasta hube de sustituir el teléfono fijo para poder marcar los códigos sin perder la comunicación. En fin que situada la pequeña oficina en el cabrete de la tienda cuando mi esposa me oye jurar en hebreo, sabe que estoy ante alguna declaración tributaria o de la seguridad social, y lo malo es que a pesar del tiempo que gasto en ello, raro es el año que no me enfrento a alguna reclamación por retraso o incorrección de documento administrativo, pero me viene a mejor el equivocarme de cuando en cuando que pagar mensualmente al gestor para quitarme de encima el papeleo, aunque este ahora sea en códigos de ceros y unos. El caso es que la burrocracia sigue coceando sea en la forma que sea, y como ya va para una década en estos bretes voy a relatarles algunas de las experiencias que me han hecho añorar el papel timbrado y el relleno de formularios administrativos con bolígrafo y buena caligrafía en letra redondilla.

 

El funcionario decimonónico al menos te decía vuelva usted mañana, aunque aquello no sirviera para gran cosa, pero te permitía el desahogo, este otro telemático no te dice nada y aunque la ventanilla quede abierta las 24 horas del día, salvo labores de mantenimiento, nunca te da explicación alguna y al menor descuido te sanciona. Pongo por ejemplo la agencia estatal tributaria (AEAT), sin duda, el mejor sistema informático de la e-administración y como consecuencia de ello más ágil a la hora de multar. Quien poco sepa de informática sin duda debe entregar tributo al gestor fiscal, ya que en la relación informática tributaria hay que tener bien atados los machos. Son varios los formularios a rellenar y además mutantes, bien por modificarse la legislación o por no se sabe que ocultas mejoras informáticas. No hay dos declaraciones iguales, unas se rellena on-line otras a través de programa de ayuda que genera fichero que en paso posterior hay que enviar a la agencia tributaria, unas ofrece las sumas parciales, otras no, pero si pones decimal arriba o abajo, al enviarla te la devuelve errónea, y vuelta a empezar. Todas tienen en común el “java”, singular programa que siempre esta desactualizado. Sin la ultima actualización del bicho tiempo perdido. Por lo general, la costumbre adquirida en declaraciones pasadas no sirve para las postreras, y conviene tener algún otro sufridor a mano para intercambiar impresiones.

 

En mi ya larga experiencia como gestor fiscal “free-lance”  he sufrido de todo, pero nada tan angustioso como los NCR, un numeraco que acredita el pago el tributo en el banco y que puede ser obtenido bien en la sucursal bancario o bien por Internet, pero que tiene el pequeño inconveniente en que si usted se equivoca en el decimal acumulante y lo que paga vía NCR no coincide lo que el programa suelta como suma y saldo, pues al banco a anular el anterior y obtener NCR nuevo. En un trimestre en que hube de hacer un fuerte pago societario deje la cuenta en números rojos por tratar de cumplir plazos hacendísticos.  Era viernes y se cumplía el plazo aquella misma noche el pago utilizando la vía electrónica del la agencia me costo dos NCR’s con céntimo de diferencia. Me cago en la hoja de cálculo. Operativo el sistema las 24 horas, no se fíen, que los días festivos que no hay comunicación con el sistema bancario. Otro problema de los NCR’s cuando se obtienen desde la agencia es que son como los ojos del Guadiana, unas veces aparece y otras desaparecen, pero dejan copia en un archivo de texto dentro del directorio AEAT, si lo buscan encontraran su historial de NCR’s.  Con todo el sistema informático tributario esta a años luz del de la seguridad social, y si reclamas te contestan, aunque con la mayor educación no hagan otra cosa que decirte que esto es lo que hay y trabajan en mejorarlo.

 

El seguro social se tramita a través de la ventanilla denominada “Sistema Red” pero lo único que tiene de moderno es el nombre, ya que por lo general el sistema diseñado por el Ministerio de Trabajo, con el propósito de lo que anuncia el ministerial asunto, de dar trabajo al usuario o a las gestorías laborales, directamente beneficiarias del invento. Declarar una incidencia por accidente de trabajo o por enfermedad común de forma telemática,  es todo un laberinto, en donde hay que simultanear el acceso al sistema red con la visita al funcionario de turno para que te explique que hay que hacer, porque aunque la seguridad social recibe todos los datos por la vía de la mutua laboral y de la autoridad sanitaria, la empresa debe grabarlos a mayores y comunicarlos de nuevo a la mutua, para que esta haga los descuentos oportunos. El sistema parece ser que se ocupa de que case lo que de ti dice la mutua con lo que tu le cuentas y has de contar después a la mutua.  La parte legislativa es compleja, ya que la premura de dinero por parte del seguro social hace que el empresario costee una parte del salario del trabajador y la seguridad social otra que por lo general te abona en forma de menor cuota en posteriores pagos, como entenderán lo que se hace es adelantar el dinero que la seguridad social debería pagar al trabajador en vez de la empresa por el accidente o enfermedad sobrevenido, pero en vez de agradecerte el adelanto el sistema red te somete a una tortura de formularios en donde todo hay que declararlo, la base de cotización cuando se trabajaba, la nueva base para la incidencia con arreglo a lo estipulado en la ley, días de trabajo y de baja, que se yo, cuando por primera vez lo hice se me quedo el ordenador colgado porque algo hice mal, visita al funcionario no virtual que me ayudo a declarar la incidencia y a hacer la cotización del mes porque por mis solos conocimientos no lo lograba, y es que en una casilla indeterminada había que poner un euro, correspondiera o no, porque quedando vacía el formulario se atascaba. Y todo ello crean me sin el remedio del relleno manual del formulario que al menos deja constancia de la voluntad del obligado de cumplir a tiempo con el reglamento. En otra ocasión el colega funcionario hubo de llamar a Madrid para desatascar el programa y poder cotizar a tiempo, creo que esta vez fue por no grabar las modificaciones en forma borrador. Si todo va bien el sistema te permite la domiciliación de pago, si te atrasas hay que hacer un cargo en cuenta, que no es otra cosa que personarse en el banco con el formulario que uno imprime desde el ordenador. El formulario de pago, tiene también su miga, no porque sea complejo, ni su procedimiento sea complicado, ya que se trata de un papel de pago al estado como tantos que hay con su código de barras para simplificar el trabajo a los empleados de banca. El problema es que no es conocido, y por eso cuando lo lleve a una sucursal bancaria, el empleado tras mirarlo por el bies y el envés, resolvió devolverlo en el mismo estado en que le fue entregado, con la aseveración de que aquello estaba ya pagado, vamos que no había que hacer nada, ni lapicero óptico ni leches, regrese a casa y al cabo de tres meses multa al canto. Menos mal que el empleado de banca reconoció su error y el banco devolvió la sanción impuesta, pero la empresa fue morosa de la seguridad social aunque por breve tiempo. ¿Qué hubiera pasado si en aquel periodo se hubiera solicitado algún beneficio que exigiera estar al corriente del pago de las cuotas de la seguridad social?.

 

Pero en el sistema red el mayor despropósito está en las altas de los trabajadores con contrato temporal. El que diseñó el programa para incluir la cuota de tiempo parcial, es decir el porcentaje de jornada por el que trabajador a tiempo parcial está contratado: sea el 75% de jornada, el 60% o 40%, tuvo la feliz idea de solicitarlo en forma milesimal, es decir en vez del 75 % ó 0,75; el 60% ó 0,60 y 40% ó 0,40, por poner algunos ejemplos se requiere en formato: 0,750; 0,600 ó 0,400 y no se olviden de los ceros en al final del entero decimal que sin utilidad de calculo aquí si cuentan.  En el casillero del formulario destinado a tal propósito se pone la coma, y un hueco de tres espacios para cumplimentar la cifra, pues rellenen todos como sea porque sino flaco favor le hacen a su trabajador. Nos enteramos por ellos que se sorprendieron al ver que el porcentaje de tiempo parcial en su vida laboral había menguado del 60% en el 6% por no rellenar al completo de ceros el casillero. Aunque el erróneo proceder no tenía consecuencias para la cotización ya que mes a mes hay que poner las bases y el tiempo trabajado, pregunte por teléfono como resolver el equivoco, en una administración hube de enviar todos los TC2 para que el funcionario arreglara el error, en otra bastaba un simple escrito o un e_mail, ya que  me advirtieron de que este error era de lo más común. Aunque sirve de desahogo pensar que no eres el único pardillo entre los usuarios del “sistema red”, me pregunto si tan común es la interpretación errónea del cero decimal sin valor de cálculo, porque la coma y los tres huecos siguen en el formulario del sistema.

 

Reconozco que el sistema red, mientras uno no se salga de la sota, el caballo o el rey, es llevadero, porque el otro aplicativo que el ministerio tiene para declarar los accidentes laborales, el sistema Delta, eso si que si que son palabras mayores. Por diferentes motivos hube de declarar un accidente laboral, poca cosa una lusación de hombro en una trabajadora que habitualmente utilizaba una cortadora eléctrica. El accidente quizá debido a una mala postura o al uso continuado de la maquinaria requería descanso y  rehabilitación en la mutua laboral, por ello había que declarar el accidente laboral tanto a efectos de cotizaciones y bajas en la tesorería de la seguridad social como a efectos de la autoridad de trabajo en el sistema Delta. Fue la mutua la que me advirtió de que había que hacer tal declaración obligatoria, advirtiéndome que ha de hacerse obligatoriamente por Internet, se sepa o no, ya que el formulario del pasado siglo que pacientemente se rellenaba y se entregaba ante una funcionaria que corregía lagunas y errores en este asunto también había pasado a la historia, de manera que si usted no sabe gran cosa de ordenadores lo mejor – me advirtió-  auxiliarse de algún gestor laboral, o sea se pasar por taquilla. Como algo se de ordenadores me arriesgué, y equivocada fue la decisión, ya que desde octubre del pasado año en que ocurrió el suceso, a fecha de hoy, transcurridos ya diez meses, el tema sigue irresuelto, aunque mejor habría que decir en el limbo, lo que viene a demostrar que el tal estado transicional no solo es un concepto teológico sino virtual. Vamos con los hechos, una mañana me llevo completar un formulario plagado de detalles sobre empresa, accidentado, accidente y emplazamiento en donde ocurrió. El problema es que “accidente” es palabra mayor para la simple lusación de trapecio y nada de lo que en los casilleros se desplegaba se correspondía con el episodio que me disponía a declarar, no obstante el programador había dispuesto de códigos para el “no sabe” o “no se corresponde”, que debidamente utilicé para completar el formulario en su totalidad, una vez cumplimentado lo envié y me quede con copia informática del impreso a modo resguardo, precaución que tomo ante mi experiencia con la e-administración . Nada mejor hecho, ya que pasado un mes recibo llamada de la mutua señalando que el “parte” estaba aún sin hacer. Incrédulo, juré y perjuré a la empleada que hecho estaba y como prueba le envié por correo electrónico la copia resguardada. Pasadas unas semanas recibí llamada de su superior jerárquico emplazándome a que le indicara el número de referencia que debía de haberme asignado el ordenador ya que en mi copia no figuraba tal número. Bueno el tema es que si al enviarlo apareció tal número, no debí tomar nota de él, pero tampoco dejo rastro en el ordenador como ocurre con los NCR’s tributarios, y si lo dejo fue tan fugaz, que desapareció al vaciar la papelera de reciclaje, en fin ya no había más rastro informático de aquella diligencia que la copia en pdf con todos los detalles del suceso. En cualquier caso – le dije – como la copia está, el problema ha de tener fácil solución, ya que bastaría con hacer un parte nuevo, bien por parte de la mutua que sabe mucho más que yo del Delta o si era necesario por mi cuenta, rescatando en lo posible el citado número de referencia, pero en un alarde de sinceridad el responsable que contó que dicho programa siendo ministro un exalcalde burgalés se realizó de manera precipitada para satisfacer algún mandato comunitario, y mermado en su concepción daba lugar a no grabar, o sea a dejar en el limbo, aquellos “partes” en donde se aparecía algún “no sabe” o “no se corresponde”. La única solución era dar de baja la declaración para lo que se necesitaba su número de referencia,  hacerlo de nuevo sin más, la mutua lo había intentado, y el inteligente Delta le indicaba que de dicho accidentado y empresa ya tenía parte abierto. Un lío descomunal, sin el número de referencia extraviado, el  defectuoso parte habría de purgar indefinidamente en el limbo ministerial hasta que mano santa  lo rescatara, me recomendó dirigirme al ministerio a número de atención al público en el que tras un laberinto de tonos y pulsaciones te lleva a un agente que viene a decirte de manera taxativa que el parte no existe y ha de darse de alta de nuevo, requerí información por correo y envié respuesta a la mutua para procediera como bien le diera entender con la perdida declaración, nueva llamada de esta, un nuevo intento por mi parte con el auxilio telefónico de la empleada de la mutual que condujo al fracaso, y una nueva comunicación con el funcionario de la autónoma administración a quien compete los accidentes laborales, pero ni por esas he conseguido desmovilizar el asunto, tras una docena de e-mail recibidos y envidos sobre el infructuoso parte de accidentes, he desistido y pacientemente espero la sanción de la seguridad social por el indebido descuento, pero les juro que recurriré la sanción si la hubiere entregando como prueba la copia y retaila de e-mail que ahora le acompañan.

 

Ahora se incorpora a la e-administración el registro mercantil y también de forma potestativa, memorias, cuentas anuales, sellado de libros. Me espero lo peor.